jueves, 6 de octubre de 2016

A 40 años del crimen de Barbados aún late con fuerza el ..


“Pégate al agua, Felo, pégate al agua”

Esas palabras retumban en mi mente desde hace más de treinta años, justo  40, tal día como hoy. Todo este tiempo he tratado de imaginarme la escena, sus emociones, los pensamientos que en esas milésimas de segundos pasaron por las mentes de aquellos protagonistas.

Esas fueron las últimas palabras del copiloto de la aeronave de Cubana de Aviación que partía de Barbados aquel 06 de Octubre de 1976 con 73 personas a bordo, entre cuyos ocupantes marchaba triunfante el equipo de Esgrima de Cuba, el que iba cubierto del oro obtenido en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, para la gloria de sus familiares y del heroico e irreductible pueblo cubano.

Así le “ordenó” desesperadamente Angel Tomás Rodríguez, copiloto de la aeronave, al capitán y amigo de la infancia en Ranchuelo, Wilfredo “Felo” Pérez, al advertir el peligro de que la aeronave siniestrada por el impacto de dos bombas colocadas por dos terroristas que habían bajado en Barbados, aterrizara en una playa repleta de bañistas, lo que sin duda haría aún más despiadada la tragedia.

“Pégate al agua, Felo, pégate al agua”, fueron las últimas palabras que se tragó el Mar Caribe de aquel héroe cuya muerte lo encontró al comando de un aparato que le no le tocaba pilotear aquel 6 de Octubre, pero que el destino lo dispuso así para acompañar a su  esposa y azafata del avión en su cumpleaños, en un viaje que jamás regresaría a la indómita Habana.

“Pégate al agua, Felo, pégate al agua”, es el grito que día y noche desde hace 40 años retumba en los diálogos unísonos de las familias de los desaparecidos, en sus rezos, en sus plegarias,  invocando al cielo el regreso a la tierra que los vio nacer y la negación de aquella desgraciada hora en que cuatro desalmados, miserables y ruines asestaron ese duro golpe a los sentimientos de cientos y miles seres en todo el mundo.

Los daños colaterales, como eufemísticamente llaman a las consecuencias nefastas de un hecho macabro, son tan despiadados como el hecho mismo, ya que quienes quedan vivos, cuando logran sobrevivir, si es que a eso se le puede llamar vida, comienzan a sufrir de todo tipo de trastornos que hacen de su vida un infierno enrejado. La madre de Angel Tomás, aún hoy a sus 95 años y luego de 40 de suplicio, clama por el regreso de su hijo. “Dice su hija Adita que en su delirio, Angelina, mira al cielo y empieza a mascullar: Ángel Tomás, ven Ángel Tomás”. Así mismo, los padres de Carlos Leyva González, sablista y uno de Los Mártires de Barbados, nunca pudieron recuperarse de esa estrepitosa caída y murieron tempranamente a raíz del hecho. La hermana que le sobrevive describe que lo que les tocó sufrir:

“Ha pasado un cuarto de siglo, pero siempre estos días me ponen extremadamente mal —reconoce Maricela Leyva González, una de las hermanas de Carlos— me deprimo mucho, sobre todo cada vez que imagino la explosión del avión en el aire o escucho la interrumpida comunicación de los pilotos con la torre.
"Es el golpe más duro que ha recibido mi familia —prosigue con sombrío acento en la voz— Mi mamá quedó traumatizada para siempre; recuerdo que después no pudo seguir en su trabajo: afirmaba que veía a mi hermano en la puerta de la oficina, tal y como él acostumbraba a hacer cuando iba a verla allí. Finalmente mamá murió, con todo ese dolor por dentro, hace seis años... hizo una trombosis cerebral.
"Mi padre había muerto desde 1979, tres años después del sabotaje; sufrió un infarto masivo. Tampoco había logrado reponerse nunca. Recuerdo que antes del viaje a Venezuela, Carlos me pidió que me sentara sobre la maleta para cerrarla. Mi padre pasó cerca, se detuvo y le aconsejó dulcemente: Ten cuidado en todo el viaje Carlos Chicho (como él le decía), mira que el mundo está convulso y revuelto...
"Mi hermano le respondió que no se preocupara, que la muerte llega por sí misma en cualquier momento, sin uno buscarla. Y mi padre se quedó mirándolo así, de una manera muy triste, con una expresión extraña, como si se estuviera despidiéndose de él para siempre." (http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/crimen_barbados/art11.html

En casi todos los casos de atentados y desapariciones producidos por los avanzados, cual macabros egresados de la Escuela de la Américas, del tipo de Posada Carriles, Orlando Bosch, Hernán Ricardo y Freddy Lugo (autores de la voladura del avión), los “daños colaterales” son muy parecidos.

Recuerdo que en mi carrera universitaria tuve como compañero y amigo a Ibrahim Hernández, hermano de Luis Alberto Hernández, estudiante de Sociología de la UCV, quien fuera desaparecido por el gobierno de turno en el año 1972 y cuyo cuerpo aún en nuestros días se reclama. Ibrahim, dramáticamente afectado por este hecho, cuando estaba sumergido en sus pensamientos, cosa que hacia frecuentemente, dibujaba en sus cuadernos un triángulo equilátero al cual le faltaba un lado. Cuando una vez le pregunté qué significaba aquello, me expresó, sollozando, que ese lado que faltaba representaba lo que su hermano debía hacer en la vida, pero que en su ausencia, él, Ibrahim, estaba obligado a completarlo. 

En los cuadernos de Ibrahim se podían ver numerosos triángulos equiláteros. Tiempo después supe la lamentable noticia de la muerte de Ibrahim, quien nunca superó aquella pérdida, del mismo modo que no lo superó su madre, quien enajenó y murió al poco tiempo, más de tristeza que de otra enfermedad. Igual suerte corrió su padre. Total: una desaparición que causó la muerte de toda una familia.

Por eso, “Pégate al agua, Felo, pégate al agua”, nos convoca a no olvidar en qué lado está la gente noble de corazón y de espíritu y a luchar porque cuando la justicia llegue, sus sacrificios no hayan sido en vano.

“Pégate al agua, Felo, pégate al agua”, nos convoca a no olvidar que el mal existe y que puede estar y en efecto está, muy cerca de nosotros, que sólo falta que encuentre un pequeño resquicio abierto para que éste penetre con todo su poder para seguir causando desgracia en familias y pueblos enteros.

“Pégate al agua, Felo, pégate al agua”, nos convoca a no tirar la toalla; pero por sobre todo, a no equivocar el camino y aliarnos con nuestros propios verdugos, olvidando los principios y valores con los que una vez comulgamos y que no tienen por qué ser traicionados por la desesperación del inmediatismo. Podemos renunciar a una opción, pero jamás a los principios que nos sustentan.

A 40 años del “Pégate al agua, Felo, pégate al agua”, honor y gloria para “Los Mártires de Barbados”, no hay sentidos pésame, conformidad, ni consuelo que valga; es sólo dolor lo que podemos sentir; pero dolor que transformado en fortalezas nos alumbra el camino que debemos recorrer para que nunca ocurra en nuestras tierras algo parecido. Ahí afuera, muy cerca de nosotros están los que lo intentarían nuevamente, mismos que reeditarían la política de desapariciones tan de moda en toda América en las décadas del “infierno democrático” pasado.

ANGEL PARA UN FINAL
Silvio Rodríguez

Cuentan que cuando un silencio 
aparecía entre dos 
era que pasaba un ángel 
que les robaba la voz. 
Y hubo tal silencio el día 
que nos tocaba olvidar 
que de tal suerte yo todavía 
no terminé de callar. 
Todo empezó en la sorpresa 
en un encuentro casual 
pero la noche es traviesa 
cuando se teje el azar 
sin querer se hace una ofrenda 
que pacta con el dolor 
o pasa un ángel 
se hace leyenda 
y se convierte en amor. 
Ahora comprendo 
cual era el ángel 
que entre nosotros pasó 
era el más terrible, el implacable 
el más feroz. 
Ahora comprendo en total 
este silencio mortal 
ángel que pasa 
besa y te abraza 
ángel para un 
final. 



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