miércoles, 25 de noviembre de 2015

El pañuelo amuñuñao

Crónicas de la Biografía

Las preocupaciones por los hijos varones, tanto ayer como hoy, han sido uno de los desvelos que madres y padres han tenido, en vías de asegurar la continuidad de la especie y, en algunos casos, de reproducir el apellido para las siguientes generaciones. Por eso cuando veo a mi nieto Adrián Alejandro vestidito con sus camisas de cuadros mangas largas y ya a los 5 años viendo comiquitas recias y rechazando aquellas que “son para niñas”, no hago más que pensar que lo mismo en los años 60s como en los 2000s, las madres salen en busca de respuestas vernáculas tempranas en su descendencia masculina.

Eso era lo mismo que sucedía en los años 60s cuando aún la televisión no nos había presentado como normal el endiosamiento de artistas de género diverso y su mutación en modelos para las presentes generaciones. Ya en aquel tiempo la masculinidad debería presentarse y/o exhibirse   precozmente, reforzada con la premonición parental de que “ese pipito es pa´ las muchachas”; claro, eso no aseguraba que no se colearan por allí los Alicias, los Escalera y los Sor Ye Yé, todos personajes que en la misma época tomaron derroteros distintos.

En esa Ciudad Bolívar Bicentenaria los padres estaban muy pendientes de los ademanes de sus párvulos y casi ninguna desviación ulterior los agarraba desprevenidos, pues ya tenían escaneados los perfiles de cada uno de sus ocho hijos desde muy tierna edad.

Los muchachos, por su parte, una vez recibido los primeros entrenamientos, comenzaban a darle valor añadido a su personalidad varonil, destacándose  los juegos de varones, los encuentros furtivos en las empalizadas de los patios y la permuta de frutas exóticas por besos y tocaítas un poquito más allá de lo socialmente permitido. Recuerdo que uno de los juegos que concitaba la participación de la mayoría de los muchachos del barrio era la competencia por determinar las dimensiones fálicas de los jugadores. Claro, como toda olimpíada, esta era una competencia que se realizaba cada cierto espacio de tiempo, por razones propias de la naturaleza del juego y de la propia anatomía humana. Aunque no tengo claro el procedimiento de medición, mis hermanos mayores, quienes eran los que más lo practicaban, me soplan que todo ese proceso era a pepa de ojo, ya que nadie iba a ser capaz de tocar el cochino apéndice de nadie. 

Como dato anecdótico quedó para la historia la descalificación temprana que sufrió un niño, al presentar medidas difícilmente superables incluso por la sumatoria del resto de los contrincantes, siendo execrado de por vida; aunque podía asistir a la competencia en calidad de observador y de eventual oficiante de buena fe. Habían incluso los que, producto de una derrota avergonzante, iban y se fabricaban prótesis, las que al ser insinuadas por encima del pantalón, hacían desistir a los nuevos competidores, por lo que resultaban ganadores por forfeit y sin necesidad de presentar pruebas de su dotación.

Del mismo modo los más pequeños, aún a cuidado de la madre, recibían una enseñanza teórico-práctica que los preparaba para más adelante destetarse y comenzar su participación en eventos de envergadura. Así fue como una vez cuando me tocó ir a la Sanidad a sacarme una pieza (muela), mi mamá, quien tenía todo el control de la ropita de los aún bebés, me llevó junto a la peinadora y sacando un pañuelo (mi pañuelo, el pañuelo, es más) que tenía perfectamente doblado en una de las gavetas, me lo entregó con las siguientes instrucciones:

- Aquí tiene, Héctor Rafael,  esto es un pañuelo. Vea como se lo estoy entregando, dobladito. Esto es para que cuando a usted le saquen la muela y sangre, se limpie; pero no es que usted va a agarrar este pañuelo y así dobladito como está se va a limpiar la boca, como un mariquito, NO, Héctor Rafael; esta verga usted la agarra así y la deshace, se da cuatro coñazos en la boca y después lo amuñuña y se lo mete en el bolsillo. Cuidao con usted traerme este pañuelo así como se lo estoy entregando, me tiene que traer este bicho bien amuñuñao!


Hasta el día de hoy he tenido que soportar las críticas de las mujeres que han rodeado mi vida, con aquello de que en mi etapa infantil no me dieron lecciones de motricidad fina y que por eso es que hay visos de ordinariez en mi accionar; desconociendo ellas que si yo le hubiese llevado el pañuelo a mi mamá dobladito, posiblemente hubiera tenido problemas severos de motricidad para el resto de mis días.



Lo que no me esperaba, finalmente, es que al prestarle un pañuelo a mi nieto Adrián Alejandro para que se limpiara los mocos en la escuela, éste me lo iba a traer de vuelta bien amuñuñao, lo que sugiere es que en esta familia las enseñanzas vernáculas siguen siendo una norma, es más!