viernes, 26 de enero de 2018

Mi Glorioso Pedagógico de Maturín

Mi más auténtico homenaje
40 años después!
Héctor Acosta Martínez

A puntico de cumplirse 40 años de mi egreso de mi Glorioso Pedagógico de Maturín, se me acrecientan las ganas de evocarlo y declararle mi agradecimiento por esos 4 años de crecimiento adquirido en sus muy calurosas aulas.

Allí llegué un mes de Marzo de 1974 cuando estaba cambiando la piel del irreverente  adolescente venido de la Capital, por la del adulto preocupado por la trascendencia del  género humano.

Y es que así nos lo comenzaron a inyectar desde el comienzo un grupo de jóvenes profesores –aunque para mi eran ya unos viejos- entre los que se destacaban Pedro Márquez, (Pitongo), con su cátedra Estudio y Comprensión del Hombre; Eddy Córdova Córcega,  con su Antropología Cultural, Manuel Moreno y su Problemática del Desarrollo, Carlos López Monteverde y su Filosofía, etc. Realmente nos recibieron con plomo del grueso. Por eso cuando regresé a Caracas en mis primeras vacaciones y aún sin cumplir los 20 años, mis amigos del bachillerato me decían “carajo, guayanés, es que estás madurando muy rápido”. No había de otra!

Maturín y mi Pedagógico representaron el regreso al pueblo, a la sencillez, a la humildad, al sin prisa de la provincia de las horas  eternas, al encuentro afectivo y transparente con los lugareños que había abandonado hacía 6 años en mi natal Ciudad Bolívar, a la amistad franca y desprendida de los nuevos amigos y conocidos, a la aceptación y al reconocimiento hacia el nuevo habitante del que todos se dieron cuenta al llegar. Maturín fue, indudablemente, el comienzo de una nueva vida, el despertar de nuevas pasiones, el descubrimiento de un nuevo ser: “el pelúo, el melenúo, el caraqueño, el malandro manso, el pavo, el burda de pavo”.

Y el Pedagógico sería la escuela, sería y en efecto fue, el laboratorio en el que se le daría forma a esa nueva personalidad. Esa escuelita como muchos llamaban despectivamente, se encargó de motivar las ganas de saber, de aprender y de humildemente trascender.

Desfilarían por sus aulas profesores con muchas ganas de enseñar y de que aprendiéramos lo enseñado. En un paneo general recuerdo al Master García Maneiro, al preocupado Oscar Velásquez, al inquieto Flaco Silva, a mi madrina y siempre insatisfecha Nidia Cárdenas, al camarada Hernán Pineda, a mi guía y putativo hermano mayor (aún en funciones) Eddy Córdova. Cómo no recordar a Panchita Colmenares y su mapoteca! Cómo no recordar a Hilda Ávila quien me paseó por todo el Pedagógico intentando persuadirme que no me cambiara de especialidad, de Inglés para Ciencias Sociales, en un infructuoso intento por torcer el rumbo que ya tempranamente me había marcado.

También recuerdo con mucho cariño al inefable Michael Narain, a quien todos en Maturín conocían como Maikí, y a quien nunca le di el gusto de subirme en un ring de boxeo que tenía en su casa, por mucho que me lo rogó. La leyenda urbana decía que Maikí cuando llevaba un invitado al ring soltaba unos perros rabiosos (e ingleses?) y solo los volvía a amarrar cuando el sparring estaba noqueado. Así que yo sabía a lo que me exponía!

En las aulas del Glorioso Pedagógico de Maturín siempre había una actividad destinada al empoderamiento de aquellos estudiantes que, la mayoría, venía de estratos socio-económicos con muchas carencias, pero que con aquel esfuerzo que hacían esos profesores, poco a poco se iban superando esas brechas, porque hay que recordar que los escogidos para estudiar Educación eran de los promedios más bajos en bachillerato, verbigracia quien escribe esta crónica, quien durante su carrera por el liceo no llegó detrás de la ambulancia, como dicen en hipismo, no, llegó dentro del la ambulancia.

No sabemos cómo lo hacían pero al Pedagógico fueron a parar personajes de las letras que estaban en el Top Ten del momento. Recuerdo haber asistido a conferencias con Rigoberto Lanz, Héctor Silva y su hermano José Agustín Silva Michelena, Agustín Blanco Muñoz, Héctor Malavé Mata, etc. Algunos de ellos trataban de convencernos de lo conveniente que era el  sistema que 30 años después nos persuadirían de que era inviable. Pero bueno, ese no es el tema del día!

Por último estaban los compañeros, cada uno con una chispa individual, cada uno con su historia y con su señal particular.
No puedo olvidar a mi pana y compadre el Pollo, alias Fernando Marval, con quien compartí muy buenos momentos. No sé pero del Glorioso Pedagógico de Maturín recuerdo solo buenos momentos. También guardo gran cariño por Ibrahim Hernández, cuya vida signada por la desaparición de su hermano, el estudiante de Sociología Luis Alberto Hernández, lo marcó para siempre.

Orlina Malavé fue quien me brindó la bienvenida, cuando ambos estudiábamos en la especialidad de Inglés. Losveida Coromoto Saballo, mi amiga del 1er semestre, juntos hicimos los primeros trabajos sobre la Problemática de la Ciencia y la Tecnología Contemporánea. Qué es, pues?

Yamila, la eterna reina de las fiestas de El Corozo. Aún recuerdo la risa contagiosa de Gisela, pana de Yamila y con quien fuimos una vez a comer carne asada, luego de bailar en Los Kioskos y solo ellas dos pudieron comer ya que le echaron tanto picante, que el Pollo y yo tuvimos que omitirnos.

Había varios viejos entre los compañeros, quienes nos transmitieron toda su sabiduría de la vida y de las aulas. Ellos eran Oswaldo Andarcia, Américo Rondón, Zaracual, Chichí Ávila, Laverde. Eran lo que llamaban las maturinesas hombres corríos. Por no ser hombre corrío, seguramente, jamás pude concretar mi encandilamiento con Eunice Barreto, mi popular flaca Eunice, también pana de más. Mucho cariño guardo y se lo manifesté a Laura Guzmán, la amiguita zanahoria de Gisela y Yamila.

Mi amiga de ayer y de hoy Ingrid Meneses, juntos pasamos muy lindos momentos, desde que tempranamente me metió a troskista, hasta nuestros días.

Bastante que recuerdo a Heraclio Narváez, la combinación de ese nombre con ese apellido no puede ser sino de un margariteño. Compartimos por allá en la Azcúe, en la loyera, donde conocí a Corina Franco, con quien compartí un afecto muy hermoso.

Mi pana de toda la vida, Dinorah García Rausseo, mejor conocida como la gorda Dinorah, hoy convertida en una prestigiosa terapeuta en Ciudad Guayana. Junto a ella, mi otra pana de siempre Laura Dagmar Acosta, otra de las flacas populares del IUPEM, de las más inteligentes y vivaces, siempre estuvo por ahí cerca de mi. Y cómo no recordar con infinito cariño a Miriam Acosta de Garcilazo, mejor conocida como Miriam Garcilazo? Me contaba ella que cuando tuvo problemas con un profesor, lo chapeó diciéndole que era hermana mía. Siempre ocurrente! Mery Marcano es otra de las amigas a quien siempre recuerdo. Por ahí tenemos una foto juntos en Cariaco.

Magda Ramos, una de las casadas del grupo, inteligente y perspicaz, el sueño de muchos y la realidad de un tal Perfecto. Gran amiga. Y si de gran amiga se trata por ahí está Martina Rivas, compartimos mucho los últimos semestres, al punto que hasta no hace mucho tenía una gran olla que quedó en mi casa de un sancocho que hicimos en el último semestre. Yo la tenía, Martina!

Omaira Villegas, compañera, luego esposa y madre de mi hijo Héctor José, recientemente Omaira ascendió al lugar de los inmortales.

También fueron mis carnales y por ellos y ellas guardo un grato recuerdo Magloris Arredondo, la flaca Nelly Rondón, Jadiee Cesín, Norka, Elaine, José Hernández, estudiamos desde Primaria; el siempre sonriente Julio César Hernández, mi prima Raiza Latuff, Suleima Ortiz, el inefable Gordo Ortiz, Teresa Castillo de Pierluissi, o Teresa75 pues, Yubirys Rojas, mi pana Numa Rojas, Hilda Malchiodi, María Faligne Ortiz de Salazar, bastante que estudiamos en su casa y comimos las meriendas que nos preparaba la vieja Ada, la mamá de Eunice; Aracelis Silva e Isidro Zorrilla.

Posiblemente estos 40 años hayan pasado factura en mi memoria y a algunos no pueda recordar, pero que nadie se dé por omitido, ya que seguramente por allì debe estar la vivencia que ni el alemán podrá borrar.

A 40 años de mi egreso del Glorioso Pedagógico de Maturín, cumplidos este 28 de Enero, como pudimos ver, en mi memoria sólo quedaron gratos e imborrables momentos. Y no es que no haya habido algunos desagradables, pero es que alguien en ese grupo algo inventaba para disipar rápidamente cualquier atisbo de pesadumbre. Así se vivía en el Oriente. Así era Maturín!

Gracias, Maturín, Gracias, querido Pedagógico. 40 años no son nada para honrarte y agradecerte todo lo que hiciste por mi. Siempre te estaré agradecido!


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