viernes, 23 de octubre de 2026

UN AMOR DE NOVELA. Una historia de abuso, obsesión y fantasía

 



Nunca los minutos fueron tan largos como cuando Rodolfo esperaba en la oficina del director a que llegara la psicóloga de institución con la decisión de si sería suspendido y, posiblemente, llevado a juicio,  por la denuncia de hostigamiento que una estudiante menor de edad interpuso en su contra.

En sus clases de Didáctica, Rodolfo entendió lo que era la seducción aplicada al contexto en el que trabajaría. En ese tiempo se cuidaba con mucho celo la relación profesor-estudiante, entendiéndose desde el día uno que estaba absolutamente prohibido que estudiantes y profesores llegaran a liarse en una relación amorosa, sobre todo porque en Educación Media (Bachillerato) las estudiantes eran menores de edad.

La seducción, le explicaba su profesor de Didáctica de la Profesión Docente, era fundamentalmente un proceso de influencia que busca atraer, fascinar o persuadir a otra persona para lograr algo de ese convencimiento; por tanto   la seducción podía entenderse como un arte para cautivar o conquistar a  alguien utilizando recursos comunicativos, también psicológicos y sacando provecho de cierto status de poder que le da aún mayor ventaja al seductor o seductora. En su afán de hacerse entender el profesor Colmenares les decía que la figura del profesor a menudo era asimilada por los estudiantes como una figura filial paterna, por lo que desprovista de la paternidad real esa admiración podía llevar a extremos realmente peligrosos.

En esa misma línea, la maternidad de la mujer soltera, maestra o profesora en este caso, en aquellos años era penalizada con la expulsión del trabajo, lo mismo en bachillerato que a nivel universitario. Sin embargo, siempre se buscaban los subterfugios que permitiera evadir la penalidad a través de soluciones a la medida del problema.

Esto lo recordaba Rodolfo perfectamente ya que de alguna manera fue testigo de evasiones espectaculares con las que se solventaban estas engorrosas situaciones. A él mismo, una amiga de un conocido una noche  tocó la puerta de su casa para proponerle lo que para cualquier joven sería un oferta irrechazable. Se trataba de una profesora que había quedado encinta en una relación sibilina que tuvo fugazmente en un encuentro subrepticio. La dama en cuestión le propuso matrimonio a Rodolfo, a cambio de lo cual podría usar su vehículo, un espectacular Malibú dos puertas de última generación. También podría usar eventualmente su vivienda y de consentirlo  podrían hacer vida de pareja cuando él lo deseara….total que serían esposos. Ella también se comprometía a ayudarlo económicamente con sus estudios. Una vez llegada la maternidad el contrato podía disolverse a través del divorcio, si es que ambas partes así lo desearan.

Aunque parecía una oferta irresistible, sobre todo para Rodolfo, éste declinó y resistió como pudo aquella oferta en la que lo del carro último modelo era  la máxima de las tentaciones. Hemos de recordar  que Rodolfo era un joven de apenas 19 años, pero con valores fundados desde su nacimiento, en los que la honradez era diariamente reforzada por sus padres.

Con ese bagaje ético llegaría Rodolfo algunos meses más tarde, en la última parte de la década del 70, a un pueblito llamado San Félix, en el que parecía cumplirse el aforismo popular que proclamaba que pueblo chiquito, infierno grande. Y así era porque toda esa enseñanza deontológica recibida en la Facultad de Educación era totalmente desconocida en la nueva provincia. Al contrario, era muy mal visto por sus colegas efebófilos, el profesor que no hiciera uso de su ventaja competitiva para tener un verdadero harem compuesto de menores, en lo que estaba más cerca de ser una mancebía que un jardín escolar.

También fue de su cercano conocimiento  el caso de un profesor  en la Universidad que logró casar a su hermano con una profesora que había estado saliendo con él y de cuya relación se embarazó. Como el amigo profesor era casado le pidió el favor a su hermano a cambio de no se supo qué cosas y así evitar que la profesora fuera despedida de la facultad. Total que en aquel tiempo fue muy conocido y comentado el caso del profesor que, como en el polo margariteño, se convirtió en el tío de su hijo.

Rodolfo se quedaría sin palabras cuando escuchaba en su liceo a los profesores hacer un inventario de las niñas que habían estado con ellos. Había incluso los que competían para ver a cuántas habían desflorado y en qué año del llamado Ciclo Básico Común. Su sorpresa llegó al paroxismo al observar como dos docentes hacían una contabilidad señalando a las niñas in situ mientras éstas entraban ordenadamente al recinto estudiantil. Aunque todo esto era vox populi nadie se atrevía a denunciar; más bien lo que imperaba era un silencio cómplice  en aquel cementerio de vírgenes.

A pesar de que a Rodolfo todos estos desafueros éticos y morales le causaban repugnancia, igual se la tenía que arreglar para convivir con personas desprovistas de los más elementales principios deónticos y hasta llegó a tener buena amistad con uno de esta estirpe depredadora el que lo llenó de historias cargadas de un alto contenido pedófilo y de depravación sexual. Sin embargo cuando Rodolfo lo confrontaba le decía que el inadaptado era él al  no entendía que aquellos actos lujuriosos aunque prohibidos, eran potestativos (sic) de cada profesor.

Muchos le decían a Rodolfo que él fue beneficiado por la naturaleza al dotarlo de condiciones físicas e intelectuales que lo diferenciaba del común de los docentes de la época y que por eso él podía prescindir de la seducción forzosa para lograr emparejarse con las menores.

Y realmente sucedía que Rodolfo, contrario al común de los docentes dedicados a estos actos tan deleznables, se convirtió en el objeto del deseo de muchas de las estudiantes, quienes veían en él un ejemplo de profesionalismo y respeto, no separadas estas características de la posibilidad de provocar un ardoroso encuentro extra cátedra.

Rodolfo fue sometido a la presión del medio a través de jovencitas estudiantes que lo piropeaban, les dejaban mensajes provocadores invitándolo a encontrarse fuera de las aulas del colegio, aunque otras más osadas estarían dispuestas a encontrarse con él en los propios salones y laboratorios. Sin embargo, Rodolfo parecía mantenerse en sus trece, rechazando muy didácticamente los servicios no solicitados por él de jóvenes menores de edad que, seguramente, muchas de ellas quedarían marcadas para siempre por la contumacia  de la inmadurez. Para Rodolfo había dentro del propio liceo opciones menos comprometedoras que liarse con la moral y la ética de la profesión a través de encuentros ventajosos con niñas confundidas emocionalmente con la figura del profesor.

Una mañana de un día cualquiera del año 1982 llegó al estacionamiento del liceo un vehículo que todos al verlo lo reconocieron como perteneciente al Instituto Nacional de Atención Menor (INAM). Este era el organismo  rector en Venezuela, creado en 1978 dedicado a la protección, vigilancia y asistencia social de menores de edad. Funcionaba adscrito al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, evolucionando posteriormente hacia lo que es actualmente  la LOPNNA, pero antes de todo esto se le conoció con el nombre de Consejo Venezolano del Niño (CVN), desde el año 1936.

Todos los pederastas  temblaron de pavor porque sabían de qué podría tratarse y a qué estarían expuestos si al final sus sospechas se hacían realidad, porque cuando al fin el INAM actuaba con carácter se podía otear en el horizonte la cárcel de Ciudad Bolívar. Aunque no se conocían de sentencias firmes, en cambio sí se sabía de los malos ratos que podía pasar alguien acusado de pederastia  en el llamado Infierno de Vista Hermosa.

Del jeep del INAM bajó una joven de falda negra, por debajo de las rodillas y camisa azul claro manga corta, con botoncitos negros que sobresalían del ojal, zapatos kitten heels negros y un maletín negro con el logotipo del organismo que representaba. Con paso firme aunque pausado y acompañada de quien sería el chofer de la unidad se dirigió a la puerta del liceo, preguntándole al portero por el director  del plantel. Mireles, el portero y quien siempre le ponía un pero a cualquier visitante del liceo, esta vez ni siquiera preguntó su antipático de parte de quién, mientras volteaba hacia otro lado,  sino que le abrió la reja y con un leve movimiento del brazo le indicó la puerta de la dirección. ¡Hasta el portero del liceo se sentía desagrado con esta visita!

La reunión entre el director y la representante del Instituto Nacional de Atención al Menor  se prolongaría hasta horas del mediodía, una eternidad para algunos, mientras Rodolfo por su lado hacía esfuerzos por disimular su alegría; alegría de saber  que eventualmente su rechazo y protestas  ante las prácticas nefastas del infanticidio pudieran comenzar a canalizarse y obtener un poco de la justicia que bastante falta  hacía en el plantel, pero que también podría sentar un precedente para que estas ignominiosas conductas no volvieran a repetirse en ningún centro educativo.

Luego del receso para el almuerzo el director del plantel llamaría a la orientadora con quien tendría una larga reunión. De cuando en cuando hacía llamar a un jefe o jefa de seccional para incorporarlo a la reunión y así fue hasta que todo el cuerpo directivo hubo de participar en aquel meeting a puertas cerradas. A las 5 de la tarde, hora en que finalizaban las clases, los directivos aún permanecían reunidos, mientras que los responsables de todos los atropellos a los menores se escapaban contentos porque por lo menos a ese día habían sobrevivido; sin embargo del liceo saldrían para un sitio en el puerto de Palúa, donde acostumbraban a reunirse para tomar tragos, jugar trucos y eventualmente exhibirse con sus nuevas conquistas o posesiones.

De esta reunión se enteraría Rodolfo gracias a su amigo pedófilo, cometió la infidencia de comentarle que la misma se efectuó para ponerse de acuerdo en qué responder ante un sin número de preguntas que, en sus imaginaciones, podrían hacerles al ser llamados a declarar al otro día. Ellos tenían esa certeza. Rodolfo por supuesto no fue invitado por encontrarse en antípodas con el  grupo de los inescrupulosos; además éstos presentían que Rodolfo pudo haberles echado paja, porque nada de esto había ocurrido antes  de su llegada a ese centro educativo. Finalmente, aunque las niñas no participaron en la reunión quien fungía de líder  del grupo quedó en hablar esa misma noche con su esposa para que ella se  contactara temprano  con las demás menores. La directriz inexorable para todas era la misma: ¡simplemente negarlo todo o atenerse a las consecuencias!

El otro día amanecería más temprano para los auto-indiciados. Todos estaban temprano en el liceo. Nada de darse saluditos sospechosos con las muchachitas y menos darles la cola en sus carros hasta el liceo, como solían descaradamente hacer. Todos en sus salones, pero a cada momento se salían a los pasillos para mirar si algo fuera de lo normal estaba ocurriendo en la dirección. Rodolfo por su parte estaba en su salón como siempre dispuesto a dar lo mejor de sí mismo para el crecimiento de ese grupo de necesitados muchachos. En eso se encontraba concentrado cuando escuchó que tocaban la puerta de su salón. Diligentemente paró la clase y abrió la puerta. Era la secretaria del director.

“Buenos días, profesor Márquez, que le haga el favor al profesor Manzano, quien lo está esperando en su oficina”.

“Cómo no, Del Valle, dígale que enseguida voy”, respondió Rodolfo.

“No, profesor Márquez, usted no ha entendido; el profesor Manzano quiere que vaya ya”, inquirió la secretaria con premura.

“Okey, está bien Del Valle, voy saliendo…  ¡caramba!”, respondió con calma Rodolfo, en la seguridad de que el que nada debe, nada teme.

Al salir de su salón situado en la planta baja de la edificación pudo advertir la presencia de los profesores asomados en los balcones, entre quienes distinguió a los pedófilos, de entre quienes  escucharía decir:

“Te lo dije: llamaron primero al sapo… ¡ese es el que nos va a poner la piedra!”

Al llegar a la oficina saludó cortésmente al director, quien estaba acompañado por la Lic. Arlene Sarabia, psicólogo y orientadora del liceo.

“¿Cómo se encuentra compatriota, amigo y colega profesor Rodolfo Márquez?, lo saludó el profesor Manzano con su característica amabilidad; mientras la orientadora del colegio lo hizo con un respetuoso y distante “¿Cómo está, profesor Márquez?”

Luego de los saludos de rigor sería el propio Rodolfo quien iniciaría las acciones:

“¿Bueno, colegas, y se puede saber a qué debo el honor de este convite?”

Director y orientadora se vieron las caras indecisos sobre quién comenzar primero, hasta que el profesor Manzano tomó la palabra, con su acostumbrada palabrería  obtenida en el campo de la política gremial y sindical.

“Apreciado colega y amigo, el día de ayer nos sorprendió el alba con una inesperada visita de un organismo del estado venezolano encargado de velar por la salud física, mental y emocional de nuestros niños y adolescentes. Creo que todos se enteraron de la llegada al recinto del plantel de una comisión de alto nivel del Instituto Nacional de Atención al Menor, mejor conocida como INAM, por sus siglas en español”.

“Sí, profesor, todos apreciamos su visita y de verdad que muy buenas expectativas ha despertado… bueno, me refiero a algunos, entre los cuales me cuento que, aún sin saber de qué se trataba, pensamos que algunas cosas buenas pudieran ocurrir a partir de ahora”, expuso Rodolfo pensando en el extremo de degradación moral de algunos de sus colegas; aunque a Rodolfo no le gustaba el término colegas referido a ellos dado que en su gran mayoría no poseían formación ni estudios pedagógicos  y tampoco parecían interesados en tenerlos.

Director y orientadora volvieron a verse las caras esta vez algo confundidos por la narrativa ya conocida de Rodolfo y porque ni siquiera tenía la más mínima sospecha de lo que estaba a punto de develarse.

Esta vez la orientadora tomó la palabra aclarar el tema de una vez:

“Bueno, profesor Márquez, a lo mejor que le va a sorprender lo que le voy a decir, pero esa comisión del INAM vino al liceo el día de ayer a traer una citación emanada por la Fiscalía de Protección al Menor por una denuncia formulada en esa oficina”.

“¡Me parece excelente que se comience a tomar acciones contra ciertos delitos y sus responsables!”, exclamó Rodolfo con una alegría sin escrúpulos.

“El problema, apreciado compatriota, interrumpió el profesor Manzano, es que esa citación vino a nombre suyo… fue a usted a quien una jovencita estudiante del liceo lo ha denunciado de tenerla, abro comillas, hostigada con propuestas inapropiadas”.

Rodolfo aunque mantuvo la calma en todo momento no pudo evitar mostrarse visiblemente afectado y sorprendido, siendo él el principal crítico, acérrimo crítico de esas conductas indecentes, lo cual le había granjeado enemistades y rechazo por parte de los aprovechadores de la inocencia infantil.

“¿Cómo se declara usted, apreciado colega?”, preguntó el director.

¡¡Totalmente inocente! Sorprendido porque no sé a quién se le habrá ocurrido semejante infundio y… bueno, dispuesto a defender mi honra ante cualquier tribunal”, declaró Rodolfo con absoluta seguridad.

“Bueno, compatriota, en este país todos somos constitucionalmente inocentes hasta que no se demuestre lo contrario, de modo que en adelante le tocará a usted defenderse, en este caso, ante la Fiscalía de los Derechos del Menor, la que, dicho sea de paso, no lo está acusando a usted, solo está abriendo una averiguación formal del caso. Es allí donde le informaran quién es la parte acusante, de qué se le acusa y cuáles son las pruebas del caso. De modo que si usted es totalmente inocente, como yo en lo personal lo creo, usted no tiene nada que temer; además que puede contar con nuestro apoyo institucional”, terminó la reunión formal el profesor Manzano dándole un espaldarazo al investigado Rodolfo, quien pasó de denunciante a ser un presunto indiciado.

Al día siguiente Rodolfo se presentó ante el organismo investigador acompañado de la orientadora, quien le solicitó que si no le molestaba su presencia ella quería acompañarlo en esta primera presentación ante el organismo del INAM encargado del asunto y ante tal ofrecimiento Rodolfo consintió agradado. Una vez allí la fiscal de menores le leyó oficialmente de qué trataba el asunto.

Rodolfo estaba siendo denunciado por la alumna Consuelo Oropeza, estudiante del 2do año de educación básica y de 14 años de edad, de ser un hostigador permanente de la niña; que consuetudinariamente le hacía halagos y que de forma hostigante la invitaba a verse fuera del liceo. Del mismo modo le había propuesto tener relaciones íntimas (sic) lo que la tenía desde hace algún tiempo seriamente perturbada, además  que corría el riesgo de perder el año escolar si no accedía a sus requerimientos.

Consuelo Oropeza, recordaba Rodolfo,  era una de las chicas más maduras entre sus estudiantes. Poseía una facilidad de expresión impresionante para su edad lo cual se desprendía de cierto gusto por la poesía. Era una chica muy espontánea, creativa y dicharachera, dueña de un sentido del humor que a veces la metía en problemas por no dimensionar las consecuencias de sus bromas y en término coloquial, la muchacha se sentía fuera de lote. No era mala estudiante, pero se veía que no estaba haciendo perfecto uso de sus talentos. Rodolfo no era psicólogo pero tenía una naturaleza realmente intuitiva. Esto le valía para orientar de forma espontánea a sus estudiantes y entender la problemática que eventualmente se vivía en sus hogares.

En el caso de Consuelo conocía de primera mano que vivía sola con su madre, pero que las relaciones entre ellas no era lo deseado entre madre e hija, esto quedó en evidencia al no ser acompañada por su progenitora  durante el tiempo en el que se produjo el problema  en que se había metido su hija. Ya últimamente Rodolfo se había alejado precavidamente de la niña al notar su insistencia en querer verlo fuera del colegio. Entonces se acordaba de aquellas largas horas que permanecía conversando con el profesor Velásquez acerca de la seducción escolar y de las ventajas que, al menos con menores de edad, ningún docente que se precie de serlo, debería aprovechar.

¿Existe alguna prueba de lo que se me acusa?, preguntó cautelosamente Rodolfo.

“Hasta el momento no existe ningún tipo de pruebas en su contra, profesor Márquez”, respondió  la fiscal.

“¿Significa entonces, respetada fiscal, que mientras nadie tenga nada que pruebe mi culpabilidad yo soy inocente de lo que se me acuse, basado en el principio de la presunción de inocencia,  suscrita por Venezuela en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948? ¿Es así, ciudadana fiscal?, se defendía Rodolfo, al mismo tiempo que ponía en aprietos a la fiscal.

“Sí, profesor; eso es totalmente correcto. Sin embargo, es nuestra responsabilidad investigar cualquier denuncia que involucre la violación de los derechos de los niños, sobre todo si éstos han sido sometidos a coacción”, respondía la fiscal, más en un tono de justificación de sus responsabilidades que de ser la parte acusadora.

“Me parece muy bien, doctora, hay que recordar que los estudiantes son la parte más débil de este eslabón y cualquier cosa que se haga para protegerlos del poder y la ventaja de los mayores coadyuvaría a tener un mundo más sano,  justo y equilibrado. En este sentido, creo que si hubiera más denuncias tuvieran ustedes mucho más trabajo y seguro estoy que conseguirían mucho más de lo que podrían encontrar en este caso”, comentó Rodolfo en tono propositivo, pero sin ahondar en mayores detalles que lo situaran en el campo de la denuncia.

Ya con el poder en sus manos, Rodolfo fue capaz de intentar una ofensiva al poner a la fiscal a  tomar una decisión, al plantearle:

“Bueno, ciudadana fiscal, viendo que la parte acusadora no tiene pruebas de lo que está denunciando y que esta honorable oficina no tiene indicios que me comprometan con la acción denunciada mi pregunta obligada hacia su majestad es: ¿Ahora qué sigue?” 

Ante esta solicitud la fiscal asignada al caso solicitó un receso de media hora para reunirse con sus fiscales y decidir cuáles serían los próximos pasos a seguir en este caso.

Justo faltando 5 minutos para cumplirse el plazo salió la fiscal con la decisión.

“Esta oficina ha tomado la decisión continuar con la investigación, siendo pasado el caso al Departamento de Orientación del plantel, quien en adelante será el encargado de realizar las pesquisas a que hubiera lugar y de mantener informada a esta Fiscalía de Protección al Menor, ente adscrito al Instituto Nacional del Menor, acerca de los  eventuales hallazgos que se pudieran producir. ¿Acepta usted esta responsabilidad, ciudadana Licenciada Arlene Sarabia?”

Aunque esta decisión la tomó por sorpresa,  la orientadora se manifestó de acuerdo en prestar su colaboración con la oficina de la Fiscalía de Protección al Menor y allí mismo prestó una especie de juramento.

Ya bajo la tutela del Dpto. de Orientación el caso siguió su curso con entrevistas continuas que se realizaban tanto a Rodolfo como a Consuelo. Por el lado del docente no habían cosas nuevas que pudieran ser de interés criminalístico, sí pudo ahondarse en el conocimiento de la personalidad un tanto problemática de la alumna, a quien su exacerbado histrionismo y su necesidad de protagonismo le asignaban rasgos definitivos de megalomanía, todo esto aunado a la posesión de cierta compulsión por fantasear y creerse algunas situaciones en la que se movía como en universos paralelos.

Así, una vez durante una entrevista, la psicóloga le preguntó:

¿Qué fue lo que en última instancia te llevó  a denunciar al profesor Márquez?

Sin pensarlo dos veces la chica respondió:

“Lo que pasa es que Alejandro es un hombre comprometido. Él está viviendo un romance con la profesora Rosalía, que aunque yo sé que no la quiere, él me ama es a a mi; pero no me gustaría ser la causante de ese rompimiento. Por eso lo denuncié… para que no siguiera metiéndose conmigo y me dejara en paz. No quiero problemas… no quiero problemas con hombres ajenos”.

“Consuelo, ¿me podrías decir quién es Alejandro?”, preguntó algo confundida la orientadora.

“¿Alejandro? ¿Yo dije Alejandro? No. Debí equivocarme porque siempre me he referido al profesor Rodolfo… al profesor Rodolfo Márquez”, respondió un poco atropellada la adolescente.

“Perfecto”, respondió la orientadora fingiendo haber entendido el dislate; aunque del mismo modo volvería a preguntar:

“Y en cuanto a Rosalía, ¿la conoces? ¿Quién es ella?

“¿Rosalía? Rosalía es la novia de Aleja.., perdón, del profe Rodolfo, Ro dol fo, es una chica de la sociedad, pero que yo sé que él no la quiere”.

“¿No la quiere? ¿Él te lo ha dicho?”, volvió la orientadora en son de curiosidad.

“Ay, profe, es que lo que está a la vista no necesita anteojos. En cuestiones de amor no hay peor ciego que el que no quiere ver, licenciada Arlene”, argumentó Consuelo exhibiendo aires de superioridad y erudición.

Aunque la psicóloga tenía ya bastante adelantada el mapeo de Consuelo no quería que se le fuera de las manos ya que su carácter rebelde e irreverente podía  ser el principal obstáculo en la búsqueda de información, si es que acaso captara la estrategia y decidiera no colaborar. Por eso finalizando la entrevista y aparentemente con ánimo de distender la reunión lanzó una pregunta amistosa para no perder el rapport que habían logrado establecer:

“¿Te gusta la música, Consuelo?”

“Me fascina, doctora. Ahora mismo tengo una canción que me trae de cabeza y a cada rato suena en mi mente como si se tratara de la banda sonora de mi propia vida, respondió Consuelo llena de ingenua espontaneidad.

“¡Ajá! ¡Qué bueno! Y ¿cómo se llama, para ver si yo la conozco?, preguntó la orientadora, siguiendo con su sabueso trabajo.

“No te sabría decir cómo se llama, pero la letra es bellísima. ¿Quiere que le cante un pedacito que revolotea cada rato en mi cabeza?”

“Claro, chica, a mi también me gusta la música. ¡Vamos a ver si tenemos los mismos gustos! ¡Dale ahí para ver!”, la animó la Licenciada Arlene, la orientadora, con elocuente entusiasmo.

“Okap. Este pedacito dice así... no se vaya a reír porque mi voz no es muy buena je je je”:

“Quiera Dios,

Que te ilumine y al final guíe tus pasos,

para que olvides el por qué de este fracaso

y un día vuelvas a dormir entre mis brazos”

¿Qué tal-co, teacher, le gustó?, preguntó una Consuelo emocionada.

“¡Guao, Consuelo qué belleza de letra y en tu voz suena maravillosa! No seas modesta porque sí tienes muy buena voz y excelente dicción. Te felicito”, retroalimentó la inductora tan positivamente a Consuelo que ésta hasta llegó a sonrojarse.

Felices, como dos viejas amigas, se despidieron esa tarde la orientadora y Consuelo: una porque había logrado obtener información de relevante valor indagatorio y la otra porque logró conectarse de tú a tú nada más y nada menos que con la orientadora del liceo y a quien desde ahora comenzaba a considerar  su amiga.

El trabajo para la orientadora aun no terminaba, porque si antes fue a Consuelo a quien le revoloteaba en su cabeza esa canción, esta vez la inductora no podía apartar de su mente la bella melodía. Ella sabía, es más estaba segura, que esa canción la había escuchado muchas veces, tal vez en las noches, en su propia casa. Por eso, cuando ya se acercaban las 9 de la noche, con un kilométrico y  un block de rayas en mano, se sentó junto a su mamá en la sala de su casa a esperar que comenzara el bloque de novelas o de comedias como las llamaban en el Oriente venezolano.

Siendo las 9 en punto de la noche colocó el televisor en el canal 2. Allí comenzaba una novela, pero no era esa la canción que buscaba. De inmediato pasó al canal 4 donde empezaba otra, pero tampoco era el con el tema musical deseado. El tercer y último canal era el 8, Cadena Venezolana de Televisión (CVTV). Allí justo al final de la banda sonora de la telenovela llegó la orientadora a identificar la canción de Consuelo cuando la cantante Mirtha Pérez lanzaba la plegaria:

“Quiera Dios,

que una mañana al despertar veas mis ojos

La palidez y la dulzura de tu rostro,

para apretarlo hasta morir entre sollozos”.

¡Yes!, exclamó la orientadora, haciendo un gesto triunfal. Le pidió permiso a su madre para esa noche ver esa novela que, casualmente era la misma que su progenitora veía noche tras noche. “Ay, hija, me hubieras tarareado la canción y yo te hubiera dicho cuál era la novela”

Esa noche madre e hija compartieron un capítulo de la telenovela “Rosa de la Calle”, comedia de resonado éxito en los primeros meses del año 1982. Y mientras la veían, la orientadora interrumpía cada cierto tiempo para que su mamá la pusiera en contexto de lo que ocurría y por qué ocurría en la trama de la llamada comúnmente en Venezuela, culebrón. Terminaría el capítulo de esa noche y la orientadora se quedaría un rato más ordenando sus notas para tener el trabajo adelantado para cuando en la  mañana le tocara pasar en el liceo el informe de la situación en estudio.

Esa mañana Arlene llegó un poco más temprano a su oficina y block en mano se dispuso a hacer el informe con las notas que había tomado la noche anterior, además del sustento teórico que demandaba un caso tan delicado como éste que le había tocado, tal vez el más complejo de todos. Pero ella estaba allí tecleando con entusiasmo su máquina de escribir Olivetti que el colegio disponía para cada jefe de seccional y que aunque ella no lo era de oficio, sus funciones en cambio sí lo justificaba.

Intelectualmente este caso le dejó grandes satisfacciones. No era usual que este tipo de situaciones se ventilaran a través de una oficina de Orientación de un plantel y mucho menos siendo mandatada por una fiscalía que funciona como un  organismo de protección  de los derechos de los menores, quienes son el eslabón más débil de una cadena en la que los depredadores siempre se salen con la suya.

El papel indagatorio del psicólogo también fue puesto a prueba a través de la investigación y el estudio de casos clínicos relacionados con la naturaleza de la problemática psico-emocional de la paciente referida, lo que constituyó una oportunidad de poner a prueba los conocimientos y el efectivo manejo de herramientas propias de la terapéutica.

A media mañana la psicóloga ya tenía terminado su informe; sin embargo antes de firmarlo y llevarlo al director para su conocimiento, quiso hacer una última indagación con Consuelo Oropeza.

“Por favor, señora Santander, dijo dirigiéndose a su asistente, llámeme a la señorita Consuelo Oropeza y dígale al profesor Márquez, Rodolfo Márquez, que por favor me espere en 10 minutos en la oficina del Licenciado Manzano. Es todo. Gracias!!”

A los dos minutos exactos se presentó la señorita Consuelo, estudiante del 2do año de bachillerato, sección “E”. Con su acostumbrado estilo locuaz saludó efusivamente a la orientadora.

“¿Cómo está nuestra ilustre psicóloga y orientadora, licenciada Arlene Sarabia?”

“Yo estoy muy bien”, le respondió la inductora. Y viéndola directamente a los ojos, le preguntó sin pestañar:

“¿Y tú cómo estás, Rosa de la Calle?”

Consuelo  quedó atónita. Totalmente sorprendida no atinaba a decir palabras. Se reía nerviosamente y se tapaba los ojos con las dos manos mientras ensayaba a ponerse seria.

“Pero.., profe, por qué me llama así?”, preguntó estupefacta Consuelo.

“¿Qué hay de malo en eso? ¿Es que a ti no te gusta esa novela? Además tengo entendido que así te haces llamar con tus amigas”, respondía calmadamente Arlene, ya en consciencia de que estaba muy cerca de descifrar el enigma.

“Bueno, licenciada, sí es cierto que me llaman Rosa de la Calle… pero ¿Hay algo de malo en eso?”, inquiría Consuelo con un dejo de ingenuidad.

“Ese no es el problema, Consuelo, inclusive meterte en un personaje ficticio tampoco sería problema si no fuera por toda la trama novelesca  en la que has incorporado  personajes de la ficción al  entorno de tu vida real”, cerraba el cerco la psicóloga tratando de asegurar los resultados de su informe., mientras Consuelo  hundía su cara en su larga falda azul del uniforme del colegio.

“Pero, profe, es decir licenciada psicóloga, o sea, ¿qué hay de malo en que me hice llamar Rosa de la Calle, si es que es un personaje fascinante, existencialista? ¿A quién le hago daño con eso?”, preguntaba Consuelo descubriendo la adolescente que había bajo el ropaje de chica desmelenada que anda por la vida jugando a ser adulta.

“Las respuestas a todas esas interrogantes las vamos a explorar en lo que terminemos con esta investigación e iniciemos una fase de terapia cognitiva conductual que nos permita ubicarte nuevamente en tu realidad, ya que ha sido tal tu evasión de la realidad que te has llegado a creer por mucho tiempo ese universo paralelo que has construido.

Entonces, la primera afectada en todo este embrollo, Consuelo, has sido tú misma. Pero luego incorporaste al profesor Márquez con quien creíste tener el mismo affaire de Rosa de la Calle con Alejandro. Por eso constantemente le cambiabas el nombre sin darte cuenta que tu fantasía hizo  adherencia con el mundo real. Y también le pusiste de novia a Rosalía, como si no conociéramos aquí a la esposa del profesor Rodolfo. Por último le echaste a este profesor la gran broma de denunciarlo ante la fiscalía cuando viste que no era posible salir con él fuera de los espacios escolares, porque su rechazo mataba la novela que fantaseaste vivir”.

 La orientadora había llenado a la adolescente de argumentos que lucían irrebatibles, basada en estudios de las consecuencias de las ensoñaciones profundas en la vida escolar, así como los estudios de casos severos de fantasía, como la erotomanía,  donde la persona está convencida de que otra (generalmente de status o autoridad como un profesor) está secretamente enamorada de ella, siendo el caso que también la persona interpreta gestos normales (una sonrisa, una corrección en clase) como “mensajes ocultos” de amor, similares a los que vería en una película romántica.

“¿Tienes algo que decir, Consuelo Oropeza, porque ese es tu nombre, verdad?”, preguntó la orientadora tratando de ir cerrando el caso con Consuelo, pero ésta había caído en un ataque de llanto que no la dejaba emitir palabras.

“¡Recomponte un ratico, Consuelo!”, la exhortó la orientadora, “y solo dime por ahora, si estás dispuesta a seguir con el caso de la denuncia al profesor Márquez”.

Entre llantos y sollozos Consuelo aceptó su culpa y se manifestó dispuesta a dejarse ayudar por la orientadora, aunque aún abrigaba ciertas esperanzas con el profesor Márquez, porque ella pensaba que había algunas manifestaciones materiales  de una atracción mutua, no obstante no ser  éstas totalmente abiertas por parte del docente. Se manifestó dispuesta a retirar la denuncia sobre el profesor Rodolfo Márquez, no Alejandro Márquez, pero en su corazón abrigaba la esperanza de tener una nueva oportunidad.

Terminada la reunión con Consuelo, la orientadora se dirigió a la oficina del director del plantel donde impacientemente la esperaba el presunto indiciado, un poco ansioso por el tiempo que estuvo esperando y las eventuales implicaciones de la reunión entre la orientadora y Consuelo.

Al entrar y luego de los saludos de rigor, Arlene Sarabia entró en materia de una vez. Les explicó que éste se trataba de una caso muy estudiado por la Psicología Educativa como es la desconexión con la realidad, lo que generalmente ocurre cuando en la vida del adolescente existen grandes vacíos, fundamentalmente afectivos. Entonces se  crea un mundo de fantasía en la mente del escolar que actúa como refugio ante las carencias.

La patología o condición caracterizada por vivir internamente eventos de novelas, películas o fantasias, asumiendo el papel de protagonistas con un nivel de detalle extremo y disfuncional es lo que se conoce comúnmente como Ensoñación Desadaptativa. Esa es la condición de Consuelo. Ella creó un universo paralelo con tanta vehemencia que muchos de esos acontecimientos los concibió como reales.

Asumió el rol de la protagonista de la novela Rosa de la Calle, adoptó poses, vocabularios y forma de vestir del personaje y, tal como en la novela, hizo pareja con el profesor Alejandro Márquez, quien, además de coincidir con el apellido del galán de la telenovela, también compartía un físico impresionantemente parecido con el profesor Márquez, el nuestro, el profesor Rodolfo Márquez. Todas estas “casualidades” funcionan para el adolescente ensoñador como señales de que el idilio va por buen camino.

“En el caso que nos ocupa, si bien no existe evidencia de que el profesor Rodolfo haya invitado a salir a la alumna, al menos existe la presunción que el profesor pudo haber usado un lenguaje confuso para la estudiante, que haya aceptado de buen modo piropos de parte de la estudiante y que no haya sido determinante al momento de ser lisonjeado por la niña, lo que en este tipo de condición se traduce en la alimentación que  la fantasía necesita para seguir viva.

Si bien esto no es considerado un delito, sí pudo constituir el combustible que  de parte de la niña mantuviera la llama de la esperanza. De modo, ciudadano profesor, que en el futuro tiene terminantemente prohibido entrar en el juego de las estudiantes; ser claro y determinante, evitando el uso de un lenguaje ambiguo y mantener una proxemia que no genere roces o  restriegues con brazos y partes de los estudiantes, cualquiera  que éstos sean, de modo que debe controlar mucho su parte kinestésica y no caer en la moda que ha empezado a imponerse de estar saludándose con besos y abrazos con alumnas del plantel. Por lo pronto, colega profesor, usted queda de este caso ABSUELTO”.

 

FIN