Nunca los minutos
fueron tan largos como cuando Rodolfo esperaba en la oficina del director a que
llegara la psicóloga de institución con la decisión de si sería suspendido y,
posiblemente, llevado a juicio, por la
denuncia de hostigamiento que una estudiante menor de edad interpuso en su
contra.
En sus clases de
Didáctica, Rodolfo entendió lo que era la seducción aplicada al contexto en el
que trabajaría. En ese tiempo se cuidaba con mucho celo la relación profesor-estudiante,
entendiéndose desde el día uno que estaba absolutamente prohibido que
estudiantes y profesores llegaran a liarse en una relación amorosa, sobre todo
porque en Educación Media (Bachillerato) las estudiantes eran menores de edad.
La seducción, le
explicaba su profesor de Didáctica de la Profesión Docente, era
fundamentalmente un proceso de influencia que busca atraer, fascinar o
persuadir a otra persona para lograr algo de ese convencimiento; por tanto la seducción podía entenderse como un arte
para cautivar o conquistar a alguien
utilizando recursos comunicativos, también psicológicos y sacando provecho de
cierto status de poder que le da aún mayor ventaja al seductor o seductora. En
su afán de hacerse entender el profesor Colmenares les decía que la figura del
profesor a menudo era asimilada por los estudiantes como una figura filial
paterna, por lo que desprovista de la paternidad real esa admiración podía
llevar a extremos realmente peligrosos.
En esa misma línea,
la maternidad de la mujer soltera, maestra o profesora en este caso, en
aquellos años era penalizada con la expulsión del trabajo, lo mismo en
bachillerato que a nivel universitario. Sin embargo, siempre se buscaban los
subterfugios que permitiera evadir la penalidad a través de soluciones a la
medida del problema.
Esto lo recordaba
Rodolfo perfectamente ya que de alguna manera fue testigo de evasiones
espectaculares con las que se solventaban estas engorrosas situaciones. A él
mismo, una amiga de un conocido una noche
tocó la puerta de su casa para proponerle lo que para cualquier joven
sería un oferta irrechazable. Se trataba de una profesora que había quedado encinta
en una relación sibilina que tuvo fugazmente en un encuentro subrepticio. La
dama en cuestión le propuso matrimonio a Rodolfo, a cambio de lo cual podría
usar su vehículo, un espectacular Malibú dos puertas de última generación.
También podría usar eventualmente su vivienda y de consentirlo podrían hacer vida de pareja cuando él lo
deseara….total que serían esposos. Ella también se comprometía a ayudarlo
económicamente con sus estudios. Una vez llegada la maternidad el contrato podía disolverse a través del
divorcio, si es que ambas partes así lo desearan.
Aunque parecía una
oferta irresistible, sobre todo para Rodolfo, éste declinó y resistió como pudo
aquella oferta en la que lo del carro último modelo era la máxima de las tentaciones. Hemos de
recordar que Rodolfo era un joven de
apenas 19 años, pero con valores fundados desde su nacimiento, en los que la
honradez era diariamente reforzada por sus padres.
Con ese bagaje ético
llegaría Rodolfo algunos meses más tarde, en la última parte de la década del
70, a un pueblito llamado San Félix, en el que parecía cumplirse el aforismo
popular que proclamaba que pueblo chiquito,
infierno grande. Y así era porque toda esa enseñanza deontológica recibida
en la Facultad de Educación era totalmente desconocida en la nueva provincia.
Al contrario, era muy mal visto por sus colegas efebófilos, el profesor que no
hiciera uso de su ventaja competitiva para tener un verdadero harem compuesto
de menores, en lo que estaba más cerca de ser una mancebía que un jardín
escolar.
También fue de su
cercano conocimiento el caso de un
profesor en la Universidad que logró
casar a su hermano con una profesora que había estado saliendo con él y de cuya
relación se embarazó. Como el amigo profesor era casado le pidió el favor a su
hermano a cambio de no se supo qué cosas y así evitar que la profesora fuera
despedida de la facultad. Total que en aquel tiempo fue muy conocido y
comentado el caso del profesor que, como en el polo margariteño, se convirtió
en el tío de su hijo.
Rodolfo se quedaría
sin palabras cuando escuchaba en su liceo a los profesores hacer un inventario
de las niñas que habían estado con
ellos. Había incluso los que competían para ver a cuántas habían desflorado y
en qué año del llamado Ciclo Básico Común. Su sorpresa llegó al paroxismo al
observar como dos docentes hacían una contabilidad señalando a las niñas in situ mientras éstas entraban
ordenadamente al recinto estudiantil. Aunque todo esto era vox populi nadie se atrevía a denunciar; más bien lo que imperaba
era un silencio cómplice en aquel
cementerio de vírgenes.
A pesar de que a
Rodolfo todos estos desafueros éticos y morales le causaban repugnancia, igual
se la tenía que arreglar para convivir con personas desprovistas de los más
elementales principios deónticos y hasta llegó a tener buena amistad con uno de
esta estirpe depredadora el que lo llenó de historias cargadas de un alto
contenido pedófilo y de depravación sexual. Sin embargo cuando Rodolfo lo
confrontaba le decía que el inadaptado era él al no entendía que aquellos actos lujuriosos
aunque prohibidos, eran potestativos (sic) de cada profesor.
Muchos le decían a
Rodolfo que él fue beneficiado por la naturaleza al dotarlo de condiciones
físicas e intelectuales que lo diferenciaba del común de los docentes de la
época y que por eso él podía prescindir de la seducción forzosa para lograr emparejarse
con las menores.
Y realmente sucedía
que Rodolfo, contrario al común de los docentes dedicados a estos actos tan
deleznables, se convirtió en el objeto del deseo de muchas de las estudiantes,
quienes veían en él un ejemplo de profesionalismo y respeto, no separadas estas
características de la posibilidad de provocar un ardoroso encuentro extra
cátedra.
Rodolfo fue sometido
a la presión del medio a través de jovencitas estudiantes que lo piropeaban,
les dejaban mensajes provocadores invitándolo a encontrarse fuera de las aulas
del colegio, aunque otras más osadas estarían dispuestas a encontrarse con él
en los propios salones y laboratorios. Sin embargo, Rodolfo parecía mantenerse
en sus trece, rechazando muy didácticamente los servicios no solicitados por él
de jóvenes menores de edad que, seguramente, muchas de ellas quedarían marcadas
para siempre por la contumacia de la
inmadurez. Para Rodolfo había dentro del propio liceo opciones menos
comprometedoras que liarse con la moral y la ética de la profesión a través de
encuentros ventajosos con niñas confundidas emocionalmente con la figura del
profesor.
Una mañana de un día
cualquiera del año 1982 llegó al estacionamiento del liceo un vehículo que
todos al verlo lo reconocieron como perteneciente al Instituto Nacional de Atención
Menor (INAM). Este era el
organismo rector en Venezuela, creado en
1978 dedicado a la protección, vigilancia y asistencia social de menores de
edad. Funcionaba adscrito
al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, evolucionando posteriormente
hacia lo que es actualmente la LOPNNA, pero antes de todo esto se le
conoció con el nombre de Consejo
Venezolano del Niño (CVN), desde el año 1936.
Todos los pederastas temblaron de pavor porque sabían de qué
podría tratarse y a qué estarían expuestos si al final sus sospechas se hacían
realidad, porque cuando al fin el INAM actuaba con carácter se podía otear en
el horizonte la cárcel de Ciudad Bolívar. Aunque no se conocían de sentencias
firmes, en cambio sí se sabía de los malos ratos que podía pasar alguien
acusado de pederastia en el llamado
Infierno de Vista Hermosa.
Del jeep del INAM bajó
una joven de falda negra, por debajo de las rodillas y camisa azul claro manga
corta, con botoncitos negros que sobresalían del ojal, zapatos kitten heels negros y un maletín negro
con el logotipo del organismo que representaba. Con paso firme aunque pausado y
acompañada de quien sería el chofer de la unidad se dirigió a la puerta del
liceo, preguntándole al portero por el director
del plantel. Mireles, el portero y quien siempre le ponía un pero a
cualquier visitante del liceo, esta vez ni siquiera preguntó su antipático de parte de quién, mientras volteaba
hacia otro lado, sino que le abrió la
reja y con un leve movimiento del brazo le indicó la puerta de la dirección. ¡Hasta
el portero del liceo se sentía desagrado con esta visita!
La reunión entre el
director y la representante del Instituto Nacional de Atención al Menor se prolongaría hasta horas del mediodía, una
eternidad para algunos, mientras Rodolfo por su lado hacía esfuerzos por
disimular su alegría; alegría de saber
que eventualmente su rechazo y protestas
ante las prácticas nefastas del infanticidio pudieran comenzar a canalizarse
y obtener un poco de la justicia que bastante falta hacía en el plantel, pero que también podría
sentar un precedente para que estas ignominiosas conductas no volvieran a
repetirse en ningún centro educativo.
Luego del receso
para el almuerzo el director del plantel llamaría a la orientadora con quien
tendría una larga reunión. De cuando en cuando hacía llamar a un jefe o jefa de
seccional para incorporarlo a la reunión y así fue hasta que todo el cuerpo
directivo hubo de participar en aquel meeting
a puertas cerradas. A las 5 de la tarde, hora en que finalizaban las clases, los
directivos aún permanecían reunidos, mientras que los responsables de todos los
atropellos a los menores se escapaban contentos porque por lo menos a ese día
habían sobrevivido; sin embargo del liceo saldrían para un sitio en el puerto
de Palúa, donde acostumbraban a reunirse para tomar tragos, jugar trucos y
eventualmente exhibirse con sus nuevas conquistas
o posesiones.
De esta reunión se
enteraría Rodolfo gracias a su amigo pedófilo, cometió la infidencia de
comentarle que la misma se efectuó para ponerse de acuerdo en qué responder ante un sin número de preguntas que, en
sus imaginaciones, podrían hacerles al ser llamados a declarar al otro día.
Ellos tenían esa certeza. Rodolfo por supuesto no fue invitado por encontrarse en
antípodas con el grupo de los
inescrupulosos; además éstos presentían que Rodolfo pudo haberles echado paja, porque nada de esto había
ocurrido antes de su llegada a ese
centro educativo. Finalmente, aunque las niñas no participaron en la reunión
quien fungía de líder del grupo quedó en
hablar esa misma noche con su esposa para
que ella se contactara temprano con las demás menores. La directriz inexorable
para todas era la misma: ¡simplemente negarlo todo o atenerse a las
consecuencias!
El otro día
amanecería más temprano para los auto-indiciados.
Todos estaban temprano en el liceo. Nada de darse saluditos sospechosos con las
muchachitas y menos darles la cola en sus carros hasta el liceo, como solían
descaradamente hacer. Todos en sus salones, pero a cada momento se salían a los
pasillos para mirar si algo fuera de lo normal estaba ocurriendo en la
dirección. Rodolfo por su parte estaba en su salón como siempre dispuesto a dar
lo mejor de sí mismo para el crecimiento de ese grupo de necesitados muchachos.
En eso se encontraba concentrado cuando escuchó que tocaban la puerta de su
salón. Diligentemente paró la clase y abrió la puerta. Era la secretaria del
director.
“Buenos
días, profesor Márquez, que le haga el favor al profesor Manzano, quien lo está
esperando en su oficina”.
“Cómo
no, Del Valle, dígale que enseguida voy”, respondió
Rodolfo.
“No,
profesor Márquez, usted no ha entendido; el profesor Manzano quiere que vaya ya”,
inquirió la secretaria con premura.
“Okey,
está bien Del Valle, voy saliendo…
¡caramba!”, respondió con calma Rodolfo, en la
seguridad de que el que nada debe, nada teme.
Al salir de su salón
situado en la planta baja de la edificación pudo advertir la presencia de los
profesores asomados en los balcones, entre quienes distinguió a los pedófilos,
de entre quienes escucharía decir:
“Te
lo dije: llamaron primero al sapo… ¡ese es el que nos va a poner la piedra!”
Al llegar a la
oficina saludó cortésmente al director, quien estaba acompañado por la Lic. Arlene
Sarabia, psicólogo y orientadora del liceo.
“¿Cómo
se encuentra compatriota, amigo y colega profesor Rodolfo Márquez?,
lo saludó el profesor Manzano con su característica amabilidad; mientras la
orientadora del colegio lo hizo con un respetuoso y distante “¿Cómo está, profesor Márquez?”
Luego de los saludos
de rigor sería el propio Rodolfo quien iniciaría las acciones:
“¿Bueno,
colegas, y se puede saber a qué debo el honor de este convite?”
Director y
orientadora se vieron las caras indecisos sobre quién comenzar primero, hasta
que el profesor Manzano tomó la palabra, con su acostumbrada palabrería obtenida en el campo de la política gremial y
sindical.
“Apreciado colega y amigo, el día de ayer nos
sorprendió el alba con una inesperada visita de un organismo del estado
venezolano encargado de velar por la salud física, mental y emocional de
nuestros niños y adolescentes. Creo que todos se enteraron de la llegada al
recinto del plantel de una comisión de alto nivel del Instituto Nacional de
Atención al Menor, mejor conocida como INAM, por sus siglas en español”.
“Sí,
profesor, todos apreciamos su visita y de verdad que muy buenas expectativas ha
despertado… bueno, me refiero a algunos, entre los cuales me cuento que, aún
sin saber de qué se trataba, pensamos que algunas cosas buenas pudieran ocurrir
a partir de ahora”, expuso Rodolfo pensando en el
extremo de degradación moral de algunos de sus colegas; aunque a Rodolfo no le
gustaba el término colegas referido a ellos dado que en su gran mayoría no
poseían formación ni estudios pedagógicos
y tampoco parecían interesados en tenerlos.
Director y
orientadora volvieron a verse las caras esta vez algo confundidos por la
narrativa ya conocida de Rodolfo y porque ni siquiera tenía la más mínima
sospecha de lo que estaba a punto de develarse.
Esta vez la
orientadora tomó la palabra aclarar el tema de una vez:
“Bueno,
profesor Márquez, a lo mejor que le va a sorprender lo que le voy a decir, pero
esa comisión del INAM vino al liceo el día de ayer a traer una citación emanada
por la Fiscalía de Protección al Menor por una denuncia formulada en esa
oficina”.
“¡Me
parece excelente que se comience a tomar acciones contra ciertos delitos y sus
responsables!”, exclamó Rodolfo con una alegría sin
escrúpulos.
“El
problema, apreciado compatriota, interrumpió el
profesor Manzano, es que esa citación
vino a nombre suyo… fue a usted a quien una jovencita estudiante del liceo lo
ha denunciado de tenerla, abro comillas, hostigada con propuestas inapropiadas”.
Rodolfo aunque
mantuvo la calma en todo momento no pudo evitar mostrarse visiblemente afectado
y sorprendido, siendo él el principal crítico, acérrimo crítico de esas
conductas indecentes, lo cual le había granjeado enemistades y rechazo por
parte de los aprovechadores de la inocencia infantil.
“¿Cómo
se declara usted, apreciado colega?”, preguntó el
director.
¡¡Totalmente
inocente! Sorprendido porque no sé a quién se le habrá ocurrido semejante
infundio y… bueno, dispuesto a defender mi honra ante cualquier tribunal”,
declaró Rodolfo con absoluta seguridad.
“Bueno,
compatriota, en este país todos somos constitucionalmente inocentes hasta que
no se demuestre lo contrario, de modo que en adelante le tocará a usted
defenderse, en este caso, ante la Fiscalía de los Derechos del Menor, la que,
dicho sea de paso, no lo está acusando a usted, solo está abriendo una
averiguación formal del caso. Es allí donde le informaran quién es la parte
acusante, de qué se le acusa y cuáles son las pruebas del caso. De modo que si
usted es totalmente inocente, como yo en lo personal lo creo, usted no tiene
nada que temer; además que puede contar con nuestro apoyo institucional”,
terminó la reunión formal el profesor Manzano dándole un espaldarazo al
investigado Rodolfo, quien pasó de denunciante a ser un presunto indiciado.
Al día siguiente
Rodolfo se presentó ante el organismo investigador acompañado de la
orientadora, quien le solicitó que si no le molestaba su presencia ella quería
acompañarlo en esta primera presentación ante el organismo del INAM encargado
del asunto y ante tal ofrecimiento Rodolfo consintió agradado. Una vez allí la
fiscal de menores le leyó oficialmente de qué trataba el asunto.
Rodolfo estaba
siendo denunciado por la alumna Consuelo Oropeza, estudiante del 2do año de
educación básica y de 14 años de edad, de ser un hostigador permanente de la
niña; que consuetudinariamente le hacía halagos y que de forma hostigante la
invitaba a verse fuera del liceo. Del mismo modo le había propuesto tener
relaciones íntimas (sic) lo que la tenía desde hace algún tiempo seriamente
perturbada, además que corría el riesgo
de perder el año escolar si no accedía a sus requerimientos.
Consuelo Oropeza,
recordaba Rodolfo, era una de las chicas
más maduras entre sus estudiantes. Poseía una facilidad de expresión
impresionante para su edad lo cual se desprendía de cierto gusto por la poesía.
Era una chica muy espontánea, creativa y dicharachera, dueña de un sentido del
humor que a veces la metía en problemas por no dimensionar las consecuencias de
sus bromas y en término coloquial, la muchacha se sentía fuera de lote. No era
mala estudiante, pero se veía que no estaba haciendo perfecto uso de sus
talentos. Rodolfo no era psicólogo pero tenía una naturaleza realmente
intuitiva. Esto le valía para orientar de forma espontánea a sus estudiantes y
entender la problemática que eventualmente se vivía en sus hogares.
En el caso de
Consuelo conocía de primera mano que vivía sola con su madre, pero que las
relaciones entre ellas no era lo deseado entre madre e hija, esto quedó en
evidencia al no ser acompañada por su progenitora durante el tiempo en el que se produjo el
problema en que se había metido su hija.
Ya últimamente Rodolfo se había alejado precavidamente de la niña al notar su
insistencia en querer verlo fuera del colegio. Entonces se acordaba de aquellas
largas horas que permanecía conversando con el profesor Velásquez acerca de la
seducción escolar y de las ventajas que, al menos con menores de edad, ningún
docente que se precie de serlo, debería aprovechar.
¿Existe
alguna prueba de lo que se me acusa?, preguntó
cautelosamente Rodolfo.
“Hasta
el momento no existe ningún tipo de pruebas en su contra, profesor Márquez”,
respondió la fiscal.
“¿Significa
entonces, respetada fiscal, que mientras nadie tenga nada que pruebe mi
culpabilidad yo soy inocente de lo que se me acuse, basado en el principio de
la presunción de inocencia, suscrita por
Venezuela en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948? ¿Es así,
ciudadana fiscal?, se defendía Rodolfo, al mismo tiempo
que ponía en aprietos a la fiscal.
“Sí,
profesor; eso es totalmente correcto. Sin embargo, es nuestra responsabilidad
investigar cualquier denuncia que involucre la violación de los derechos de los
niños, sobre todo si éstos han sido sometidos a coacción”,
respondía la fiscal, más en un tono de justificación de sus responsabilidades
que de ser la parte acusadora.
“Me
parece muy bien, doctora, hay que recordar que los estudiantes son la parte más
débil de este eslabón y cualquier cosa que se haga para protegerlos del poder y
la ventaja de los mayores coadyuvaría a tener un mundo más sano, justo y equilibrado. En este sentido, creo
que si hubiera más denuncias tuvieran ustedes mucho más trabajo y seguro estoy
que conseguirían mucho más de lo que podrían encontrar en este caso”,
comentó Rodolfo en tono propositivo, pero sin ahondar en mayores detalles que
lo situaran en el campo de la denuncia.
Ya con el poder en
sus manos, Rodolfo fue capaz de intentar una ofensiva al poner a la fiscal
a tomar una decisión, al plantearle:
“Bueno,
ciudadana fiscal, viendo que la parte acusadora no tiene pruebas de lo que está
denunciando y que esta honorable oficina no tiene indicios que me comprometan
con la acción denunciada mi pregunta obligada hacia su majestad es: ¿Ahora qué
sigue?”
Ante esta solicitud
la fiscal asignada al caso solicitó un receso de media hora para reunirse con
sus fiscales y decidir cuáles serían los próximos pasos a seguir en este caso.
Justo faltando 5
minutos para cumplirse el plazo salió la fiscal con la decisión.
“Esta
oficina ha tomado la decisión continuar con la investigación, siendo pasado el
caso al Departamento de Orientación del plantel, quien en adelante será el
encargado de realizar las pesquisas a que hubiera lugar y de mantener informada
a esta Fiscalía de Protección al Menor, ente adscrito al Instituto Nacional del
Menor, acerca de los eventuales
hallazgos que se pudieran producir. ¿Acepta usted esta responsabilidad,
ciudadana Licenciada Arlene Sarabia?”
Aunque esta decisión
la tomó por sorpresa, la orientadora se
manifestó de acuerdo en prestar su colaboración con la oficina de la Fiscalía
de Protección al Menor y allí mismo prestó una especie de juramento.
Ya bajo la tutela
del Dpto. de Orientación el caso siguió su curso con entrevistas continuas que
se realizaban tanto a Rodolfo como a Consuelo. Por el lado del docente no
habían cosas nuevas que pudieran ser de interés criminalístico, sí pudo ahondarse en el conocimiento de la
personalidad un tanto problemática de la alumna, a quien su exacerbado
histrionismo y su necesidad de protagonismo le asignaban rasgos definitivos de
megalomanía, todo esto aunado a la posesión de cierta compulsión por fantasear
y creerse algunas situaciones en la que se movía como en universos paralelos.
Así, una vez durante
una entrevista, la psicóloga le preguntó:
¿Qué
fue lo que en última instancia te llevó
a denunciar al profesor Márquez?
Sin pensarlo dos
veces la chica respondió:
“Lo
que pasa es que Alejandro es un hombre comprometido. Él está viviendo un
romance con la profesora Rosalía, que aunque yo sé que no la quiere, él me ama
es a a mi; pero no me gustaría ser la causante de ese rompimiento. Por eso lo
denuncié… para que no siguiera metiéndose conmigo y me dejara en paz. No quiero
problemas… no quiero problemas con hombres ajenos”.
“Consuelo,
¿me podrías decir quién es Alejandro?”, preguntó algo
confundida la orientadora.
“¿Alejandro?
¿Yo dije Alejandro? No. Debí equivocarme porque siempre me he referido al
profesor Rodolfo… al profesor Rodolfo Márquez”, respondió
un poco atropellada la adolescente.
“Perfecto”,
respondió la orientadora fingiendo haber entendido el dislate; aunque del mismo
modo volvería a preguntar:
“Y
en cuanto a Rosalía, ¿la conoces? ¿Quién es ella?
“¿Rosalía?
Rosalía es la novia de Aleja.., perdón, del profe Rodolfo, Ro dol fo, es una
chica de la sociedad, pero que yo sé que él no la quiere”.
“¿No
la quiere? ¿Él te lo ha dicho?”, volvió la
orientadora en son de curiosidad.
“Ay,
profe, es que lo que está a la vista no necesita anteojos. En cuestiones de
amor no hay peor ciego que el que no quiere ver, licenciada Arlene”,
argumentó Consuelo exhibiendo aires de superioridad y erudición.
Aunque la psicóloga
tenía ya bastante adelantada el mapeo de Consuelo no quería que se le fuera de
las manos ya que su carácter rebelde e irreverente podía ser el principal obstáculo en la búsqueda de
información, si es que acaso captara la estrategia y decidiera no colaborar.
Por eso finalizando la entrevista y aparentemente con ánimo de distender la
reunión lanzó una pregunta amistosa para no perder el rapport que habían
logrado establecer:
“¿Te
gusta la música, Consuelo?”
“Me
fascina, doctora. Ahora mismo tengo una canción que me trae de cabeza y a cada
rato suena en mi mente como si se tratara de la banda sonora de mi propia vida,
respondió Consuelo llena de ingenua espontaneidad.
“¡Ajá!
¡Qué bueno! Y ¿cómo se llama, para ver si yo la conozco?,
preguntó la orientadora, siguiendo con su sabueso trabajo.
“No
te sabría decir cómo se llama, pero la letra es bellísima. ¿Quiere que le cante
un pedacito que revolotea cada rato en mi cabeza?”
“Claro,
chica, a mi también me gusta la música. ¡Vamos a ver si tenemos los mismos
gustos! ¡Dale ahí para ver!”, la animó la
Licenciada Arlene, la orientadora, con elocuente entusiasmo.
“Okap.
Este pedacito dice así... no se vaya a reír porque mi voz no es muy buena je je
je”:
“Quiera Dios,
Que te ilumine y al final
guíe tus pasos,
para que olvides el por qué
de este fracaso
y un día vuelvas a dormir
entre mis brazos”
¿Qué
tal-co, teacher, le gustó?, preguntó una Consuelo emocionada.
“¡Guao,
Consuelo qué belleza de letra y en tu voz suena maravillosa! No seas modesta porque
sí tienes muy buena voz y excelente dicción. Te felicito”,
retroalimentó la inductora tan positivamente a Consuelo que ésta hasta llegó a
sonrojarse.
Felices, como dos
viejas amigas, se despidieron esa tarde la orientadora y Consuelo: una porque
había logrado obtener información de relevante valor indagatorio y la otra
porque logró conectarse de tú a tú nada más y nada menos que con la orientadora
del liceo y a quien desde ahora comenzaba a considerar su amiga.
El trabajo para la
orientadora aun no terminaba, porque si antes fue a Consuelo a quien le
revoloteaba en su cabeza esa canción, esta vez la inductora no podía apartar de
su mente la bella melodía. Ella sabía, es más estaba segura, que esa canción la
había escuchado muchas veces, tal vez en las noches, en su propia casa. Por
eso, cuando ya se acercaban las 9 de la noche, con un kilométrico y un block de
rayas en mano, se sentó junto a su mamá en la sala de su casa a esperar que
comenzara el bloque de novelas o de comedias como las llamaban en el Oriente
venezolano.
Siendo las 9 en
punto de la noche colocó el televisor en el canal 2. Allí comenzaba una novela,
pero no era esa la canción que buscaba. De inmediato pasó al canal 4 donde
empezaba otra, pero tampoco era el con el tema musical deseado. El tercer y último
canal era el 8, Cadena Venezolana de Televisión (CVTV). Allí justo al final de
la banda sonora de la telenovela llegó la orientadora a identificar la canción
de Consuelo cuando la cantante Mirtha Pérez lanzaba la plegaria:
“Quiera Dios,
que una mañana al despertar
veas mis ojos
La palidez y la dulzura de
tu rostro,
para apretarlo hasta morir
entre sollozos”.
¡Yes!, exclamó la
orientadora, haciendo un gesto triunfal. Le pidió permiso a su madre para esa
noche ver esa novela que, casualmente era la misma que su progenitora veía
noche tras noche. “Ay, hija, me hubieras
tarareado la canción y yo te hubiera dicho cuál era la novela”
Esa noche madre e
hija compartieron un capítulo de la telenovela “Rosa de la Calle”, comedia de resonado éxito en los primeros meses
del año 1982. Y mientras la veían, la orientadora interrumpía cada cierto
tiempo para que su mamá la pusiera en contexto de lo que ocurría y por qué
ocurría en la trama de la llamada comúnmente en Venezuela, culebrón. Terminaría
el capítulo de esa noche y la orientadora se quedaría un rato más ordenando sus
notas para tener el trabajo adelantado para cuando en la mañana le tocara pasar en el liceo el informe
de la situación en estudio.
Esa mañana Arlene
llegó un poco más temprano a su oficina y block en mano se dispuso a hacer el
informe con las notas que había tomado la noche anterior, además del sustento
teórico que demandaba un caso tan delicado como éste que le había tocado, tal
vez el más complejo de todos. Pero ella estaba allí tecleando con entusiasmo su
máquina de escribir Olivetti que el colegio disponía para cada jefe de
seccional y que aunque ella no lo era de oficio, sus funciones en cambio sí lo
justificaba.
Intelectualmente
este caso le dejó grandes satisfacciones. No era usual que este tipo de
situaciones se ventilaran a través de una oficina de Orientación de un plantel
y mucho menos siendo mandatada por una fiscalía que funciona como un organismo de protección de los derechos de los menores, quienes son
el eslabón más débil de una cadena en la que los depredadores siempre se salen
con la suya.
El papel indagatorio
del psicólogo también fue puesto a prueba a través de la investigación y el estudio
de casos clínicos relacionados con la naturaleza de la problemática psico-emocional
de la paciente referida, lo que constituyó una oportunidad de poner a prueba
los conocimientos y el efectivo manejo de herramientas propias de la
terapéutica.
A media mañana la
psicóloga ya tenía terminado su informe; sin embargo antes de firmarlo y
llevarlo al director para su conocimiento, quiso hacer una última indagación
con Consuelo Oropeza.
“Por
favor, señora Santander, dijo dirigiéndose a su
asistente, llámeme a la señorita Consuelo
Oropeza y dígale al profesor Márquez, Rodolfo Márquez, que por favor me espere
en 10 minutos en la oficina del Licenciado Manzano. Es todo. Gracias!!”
A los dos minutos
exactos se presentó la señorita Consuelo, estudiante del 2do año de
bachillerato, sección “E”. Con su acostumbrado estilo locuaz saludó
efusivamente a la orientadora.
“¿Cómo
está nuestra ilustre psicóloga y orientadora, licenciada Arlene Sarabia?”
“Yo
estoy muy bien”, le respondió la inductora. Y
viéndola directamente a los ojos, le preguntó sin pestañar:
“¿Y
tú cómo estás, Rosa de la Calle?”
Consuelo quedó atónita. Totalmente sorprendida no
atinaba a decir palabras. Se reía nerviosamente y se tapaba los ojos con las
dos manos mientras ensayaba a ponerse seria.
“Pero..,
profe, por qué me llama así?”, preguntó
estupefacta Consuelo.
“¿Qué
hay de malo en eso? ¿Es que a ti no te gusta esa novela? Además tengo entendido
que así te haces llamar con tus amigas”, respondía
calmadamente Arlene, ya en consciencia de que estaba muy cerca de descifrar el
enigma.
“Bueno,
licenciada, sí es cierto que me llaman Rosa de la Calle… pero ¿Hay algo de malo
en eso?”, inquiría Consuelo con un dejo de ingenuidad.
“Ese
no es el problema, Consuelo, inclusive meterte en un personaje ficticio tampoco
sería problema si no fuera por toda la trama novelesca en la que has incorporado personajes de la ficción al entorno de tu vida real”,
cerraba el cerco la psicóloga tratando de asegurar los resultados de su informe.,
mientras Consuelo hundía su cara en su
larga falda azul del uniforme del colegio.
“Pero,
profe, es decir licenciada psicóloga, o sea, ¿qué hay de malo en que me hice
llamar Rosa de la Calle, si es que es un personaje fascinante, existencialista?
¿A quién le hago daño con eso?”, preguntaba Consuelo
descubriendo la adolescente que había bajo el ropaje de chica desmelenada que
anda por la vida jugando a ser adulta.
“Las
respuestas a todas esas interrogantes las vamos a explorar en lo que terminemos
con esta investigación e iniciemos una fase de terapia cognitiva conductual que
nos permita ubicarte nuevamente en tu realidad, ya que ha sido tal tu evasión
de la realidad que te has llegado a creer por mucho tiempo ese universo
paralelo que has construido.
Entonces,
la primera afectada en todo este embrollo, Consuelo, has sido tú misma. Pero
luego incorporaste al profesor Márquez con quien creíste tener el mismo affaire
de Rosa de la Calle con Alejandro. Por eso constantemente le cambiabas el
nombre sin darte cuenta que tu fantasía hizo
adherencia con el mundo real. Y también le pusiste de novia a Rosalía,
como si no conociéramos aquí a la esposa del profesor Rodolfo. Por último le
echaste a este profesor la gran broma de denunciarlo ante la fiscalía cuando
viste que no era posible salir con él fuera de los espacios escolares, porque
su rechazo mataba la novela que fantaseaste vivir”.
La orientadora había llenado a la adolescente
de argumentos que lucían irrebatibles, basada en estudios de las consecuencias
de las ensoñaciones profundas en la vida escolar, así como los estudios de
casos severos de fantasía, como la erotomanía, donde la persona está convencida de que
otra (generalmente de status o autoridad como un profesor) está secretamente
enamorada de ella, siendo el caso que también la persona interpreta gestos
normales (una sonrisa, una corrección en clase) como “mensajes ocultos” de amor,
similares a los que vería en una película romántica.
“¿Tienes
algo que decir, Consuelo Oropeza, porque ese es tu nombre, verdad?”,
preguntó la orientadora tratando de ir cerrando el caso con Consuelo, pero ésta
había caído en un ataque de llanto que no la dejaba emitir palabras.
“¡Recomponte
un ratico, Consuelo!”, la exhortó la orientadora, “y solo dime por ahora, si estás dispuesta a
seguir con el caso de la denuncia al profesor Márquez”.
Entre llantos y
sollozos Consuelo aceptó su culpa y se manifestó dispuesta a dejarse ayudar por
la orientadora, aunque aún abrigaba ciertas esperanzas con el profesor Márquez,
porque ella pensaba que había algunas manifestaciones materiales de una atracción mutua, no obstante no ser éstas totalmente abiertas por parte del
docente. Se manifestó dispuesta a retirar la denuncia sobre el profesor Rodolfo
Márquez, no Alejandro Márquez, pero en su corazón abrigaba la esperanza de
tener una nueva oportunidad.
Terminada la reunión
con Consuelo, la orientadora se dirigió a la oficina del director del plantel
donde impacientemente la esperaba el presunto indiciado, un poco ansioso por el
tiempo que estuvo esperando y las eventuales implicaciones de la reunión entre
la orientadora y Consuelo.
Al entrar y luego de
los saludos de rigor, Arlene Sarabia entró en materia de una vez. Les explicó
que éste se trataba de una caso muy estudiado por la Psicología Educativa como
es la desconexión con la realidad, lo que generalmente ocurre cuando en la vida
del adolescente existen grandes vacíos, fundamentalmente afectivos. Entonces se
crea un mundo de fantasía en la mente
del escolar que actúa como refugio ante las carencias.
La patología o
condición caracterizada por vivir internamente eventos de novelas, películas o
fantasias, asumiendo el papel de protagonistas con un nivel de detalle extremo
y disfuncional es lo que se conoce comúnmente como Ensoñación Desadaptativa.
Esa es la condición de Consuelo. Ella creó un universo paralelo con tanta
vehemencia que muchos de esos acontecimientos los concibió como reales.
Asumió el rol de la
protagonista de la novela Rosa de la Calle, adoptó poses, vocabularios y forma
de vestir del personaje y, tal como en la novela, hizo pareja con el profesor
Alejandro Márquez, quien, además de coincidir con el apellido del galán de la
telenovela, también compartía un físico impresionantemente parecido con el
profesor Márquez, el nuestro, el profesor Rodolfo Márquez. Todas estas “casualidades”
funcionan para el adolescente ensoñador como señales de que el idilio va por
buen camino.
“En el caso que nos
ocupa, si bien no existe evidencia de que el profesor Rodolfo haya invitado a
salir a la alumna, al menos existe la presunción que el profesor pudo haber
usado un lenguaje confuso para la estudiante, que haya aceptado de buen modo
piropos de parte de la estudiante y que no haya sido determinante al momento de
ser lisonjeado por la niña, lo que en este tipo de condición se traduce en la
alimentación que la fantasía necesita
para seguir viva.
Si bien esto no es
considerado un delito, sí pudo constituir el combustible que de parte de la niña mantuviera la llama de la
esperanza. De modo, ciudadano profesor, que en el futuro tiene terminantemente
prohibido entrar en el juego de las estudiantes; ser claro y determinante,
evitando el uso de un lenguaje ambiguo y mantener una proxemia que no genere
roces o restriegues con brazos y partes
de los estudiantes, cualquiera que éstos
sean, de modo que debe controlar mucho su parte kinestésica y no caer en la
moda que ha empezado a imponerse de estar saludándose con besos y abrazos con
alumnas del plantel. Por lo pronto, colega profesor, usted queda de este caso
ABSUELTO”.
FIN
