viernes, 18 de mayo de 2018

Hänsel y Gretel ... o la colonización temprana del pensamiento



Héctor Acosta Martínez


La educación formal usa muchas estrategias para instruir a las personas, haciendo mucho énfasis en la enseñanza de los más pequeños. Los juegos, los cuentos, las representaciones son algunas de las que más se usan para despertar en los niños el aprendizaje a través de lo lúdico. Sin embargo no siempre los contenidos y las intenciones van de la mano, por lo que a veces nos encontramos con contenidos que eventualmente pudieran causar el efecto contrario.

De esto último me di cuenta justamente anoche cuando mi nieto Adrián Alejandro (AA) interrumpió mi juego de béisbol para que le escuchara la lectura de un cuento, de esos que mandan en las escuelas para ejercitar y crear el hábito de la lectura.

El cuento al parecer era una adaptación didáctica del cuento de los Hermanos Grimm, Hänsel y Gretel en su versión La Casita de Chocolate.

El cuento comienza cuando los padres de Hänsel y Gretel son escuchados por éstos planificando   abandonar en el bosque a la pareja de hermanos, dado que por su precaria situación económica, no podían hacerse cargo de su manutención; de manera que no encuentran otra solución más eficaz de resolver el problema que dejarlos a su suerte en el bosque a la espera que alguna familia  pudiente (probablemente de la realeza, por su cercanía al castillo de un rey) pudiera encontrarlos y hacerse cargo de ellos y darles la vida que su pobreza les había negado.

No pudo esta primera parte del cuento causar una primera grata impresión en mi nieto, por lo que sólo le dio por exclamar "qué padres tan crueles!" porque además es dramática la escena en la que les estimulan el sueño y una vez dormidos entonces los padres se marchan, lo cual había sido conmovedoramente planificado.

“Mañana, de madrugada, nos llevaremos a los niños a lo más espeso del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a nuestro trabajo. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos”.


Luego, una vez que se despiertan y comienzan a deambular por el bosque encuentran una casa, penetran en ella y resulta que adentro la casa es de Chocolate y dulces, así que sin pedirle permiso a nadie comienzan a lamer paredes, techos y ventanas ya que absolutamente todo era irresistible.

Adrián Alejandro continuó casi en soliloquio los comentarios "oye, pero que niños tan pasaos, esa casa no era de ellos para disponer de lo ajeno". No le podía negar la razón.

Más adelante aparece la dueña de aquella casa encantada. Era la consabida bruja, presente en la mayoría de los cuentos infantiles, quien aunque al principio era bondadosa, un ratito más adelante se le descubre su verdadera personalidad, al declarar que su intención era comerse a los niños, para lo cual pone a Hänsel en cautiverio ya que como estaba algo famélico, tendría necesariamente que engordarlo antes de manyárselo. Mientras tanto Gretel era explotada en las labores del hogar.

Cansada de tanto esperar que el niño se metiera en carnes, la bruja decide comérselo y le pide a Gretel que caliente el horno antes de meter a rostizar a su hermanito.

Luego de un rato, Gretel diseña una estrategia para hacer que la bruja comprobara la temperatura del horno, lo cual ocurre conforme a lo planeado. Una vez en la puerta del horno, Gretel empuja a la bruja hasta lo más profundo y de inmediato cierra la puerta asegurándola con un pedazo de hierro atravesado, haciendo que la que muriera rostizada fuera la bruja.

AA que es un niño inocente, pero de los inocentes que contemporáneamente están saliendo, ya a este nivel no pudo contener su asombro, no por la bruja ya que es algo normal en ellas, sino por el desarrollo que había alcanzado la niña. Así que desde su corazón ingenuo soltó un "pero bueno, viejo, esta Gretel también era medio malandra". Aunque le acoté que estaba luchando por su vida y la de su hermano, no pareció convencido de este argumento.

Una vez solventado el peligro y ya a punto de abandonar la cabaña, Hänsel y Gretel descubren que la bruja era una persona rica, que poseía grandes riquezas como oro, alhajas y joyas, por lo que al partir cargan con todo lo que humanamente podían, para llevárselo a sus padres. 

Luego de esta escena Adrián Alejandro confirmaría lo que ya venía  pensando "abuelo, esos niños eran unos ladrones, cómo se van a llevar lo que no es de ellos" se preguntaba el nieto con sobradas razones.

Al final del cuento Hänsel y Gretel consiguen el camino de regreso. En el cuento original es un gran cisne que los lleva en su lomo hasta el hogar de sus padres, quienes al verlos lloran de alegría, pero la alegría es aún mayor cuando los hermanitos les entregan toda la riqueza que lograron robar a la bruja, lo que los librarían de la pobreza y del trabajo per sécula:

“Volcó Gretel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Hänsel vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices”. (La madre, devenida en madrastra, había muerto).

"Qué sinvergüenzas"! exclamaría mi nieto, ahora sí con mi total aprobación.
"Ahora no van a trabajar más por el dinero robado que les llevaron los niños. Son malandros, abue!", terminó enjuiciando el párvulo. 

Un dato interesante es que la literatura on line de la que me serví para estudiar el cuento, presenta y promociona el de Hänsel y Gretel como “Cuentos tradicionales para educar en valores”.

Hilando muy fino uno termina dándoles la razón ya que en mi caso, las actitudes de la familia  de Hänsel y Gretel permitieron que, sin muchos intermediarios, Adrián Alejandro identificara los VALORES que se violaban en cada acción de los protagonistas de este cuento infantil alemán.

Ahora bien, a lo que AA no tiene acceso aún, por su corta edad, es a la comprensión del mensaje subliminal que subyace en la obra de los Hermanos Grimm ya mencionada; aunque es bueno destacar que no son los Hermanos Grimm (Jacob 1785-1863 y Wilhelm 1786-1859) los creadores o autores de la esta fábula, ya que el papel de estos hermanos fue el de recopiladores de la cuentística tradicional alemana, desconociéndose hasta ahora quiénes son los verdaderos autores.

Toda esta obra es una monumental desacreditación de la pobreza y de los pobres. Desde que arranca la obra con la terrible conversación entre padre y madre en la que se planifica la manera como los niños iban a ser extraviados en el bosque, es una exaltación a la falta de escrúpulos de un estamento social caracterizado por la carencia de recursos materiales (pobreza) y como consecuencia gnoseológica la carencia de valores, incluso de los más básicos, como lo es el amor por los hijos.

Es bueno recordar que los mensajes subliminales son mensajes dirigidos a la mente inconsciente, la que los percibe pero sin darse cuenta de lo que está pasando y se les llama con el prefijo sub que significa debajo para indicar que el mensaje subyace en el contenido de un parlamento mayor.

Por los mensajes subliminales presentes en las películas, la TV y la radio es por lo que creemos que los árabes son terroristas; los negros son drogadictos, los chinos son camorreros, los japoneses son unos tramposos; los latinos son traficantes y vagos; los rusos son grandes mafiosos, las latinas son putas, los pobres son deshonestos y los catiritos ojos azules norteamericanos… bueno, esos son los muchachos de las películas, así pertenezcan a tétricos organismos como el FBI, la DEA, la CÍA o a los inefables MARINES.

Pudieran existir mejores formas de analizar el contenido subyacente en este cuento de la literatura universal, pero de lo que no nos debe quedar lugar a dudas es que el colonialismo ideológico comienza a una muy temprana edad lo que impide que de adultos sea aún muy difícil percibirlo como la amenaza que en realidad representa y que en pleno siglo XXI se manifiesta como la desnacionalización del individuo y en la adopción oportunista de la nacionalidad de culturas que nos las venden, y en efecto las compramos, como mejores que las nuestras, o sea.



viernes, 20 de abril de 2018

Crónica de una inmigrante venezolana en Canadá


Una épica de Resiliencia en acción!

Cada quien tiene sus cuentos; en unos donde gana y en otros donde pierde. Y todos esos cuentos, toda esa recopilación de cuentos, constituyen nuestra historia, que desde muy temprano se convierte en nuestra Historia Personal, la única que tenemos; ah pero eso sí,  cada quien tiene la suya, nadie se va de este mundo sin llevar consigo su Historia Personal. Y en esa historia se encuentran los hitos, que son esos eventos que marcan un antes y un después en la vida de las personas, también de pueblos y naciones. Lo que para una persona es un acto intrascendente, puede que para otra sea el evento que desencadene una nueva vida, un nuevo ser en el mismo ser. Sin más preámbulos les presento a Luz Mary Cedeño y esta es su historia.

“Soy de esas personas que salió tempranamente del país en busca de mis propios proyectos de vida fuera de los límites de mi país y como parte de esas etapas de la vida que hay que quemar, para poder llevar una existencia a plenitud.

Esta afirmación supone, entonces, que ni me iba huyendo (huyendo de quién), ni me andaban buscando, ni me estaba muriendo de hambre en mi país. No, simplemente había terminado mi vida laboral activa, tenía a mi par de hijos ya mayores y profesionales, la familia extendida venía disminuyendo por efecto de la ley natural y como decimos en mi Venezuela “no tenía perro que me ladrara”.

Por esas cosas de la vida, me encontraba haciendo un trabajo, a motus propio, sobre Aquiles Nazoa, ya que me gusta conocer acerca de nuestra historia para luego compartirla con amigos y familiares. En esos menesteres hice contacto, a través de la red,  con una persona que estaba haciendo lo mismo que yo y que, casualmente, se encontraba en Canadá, país hacia el cual yo tenía enfilada las baterías.
Así que luego de mucho compartir información de nuestras investigaciones, se fue creando un lazo personal, porque es que la gente con iguales intereses se atraen, contrario a las leyes de la física en la que son los polos opuestos los que se atraen. Esa comunidad de intereses fue la responsable que, al llegar a Canadá, buscara conocer al primer, (sí, era varón) amigo que tendría en tierras norteñas.

Ya en Canadá no tardamos en buscarnos y empezar una bonita amistad que, además de otras casualidades, era también venezolano y tampoco guardaba rencores hacia su Patria. De manera que como podrán imaginarse a estas alturas del cuento, de la amistad surgió el flechazo de Cupido y de este como era lógico pensar, nació una relación de pareja que devino en matrimonio.

A los dos años de este acontecimiento tuve la necesidad de hacerme unos exámenes médicos de rutina, ya que para muchas cosas, en Canadá es necesario tener siempre actualizado el registro médico; es como en Venezuela, por poner un caso, que hay que tener siempre a mano la última declaración del impuesto sobre la renta. En Canadá y específicamente en Toronto que era donde vivía, existe la Medicina de Familia, que es un servicio gratuito y me tocaba asistir para hacerme los exámenes a la clínica del Dr. Goldstein, en Scarborouhg, Ontario. Una vez allí los Médicos de Familia son los encargados de llevar todo el proceso.

Lo cierto del caso es que fui a hacerme los exámenes y a la semana debía ir en búsqueda de mis resultados, lo cual ocurrió tal cual estaba reglamentado, porque Canadá es el país de las reglas, las cuales en muchos casos son inapelables.

Así, cuando estoy en busca de los resultados, lo primero que observo es un cambio en el lenguaje corporal de aquellas personas que inicialmente me habían tratado con tanta familiaridad, como debe ser en médicos de familia, precisamente.

-Espere unos minutos, senora Cedeno, que en un momento será atendida, me dijo parcamente la secretaria del médico.
-Cómo no, le respondí un poco preocupada.
Luego de una espera de unos cuantos minutos, en efecto, soy llamada a la consulta. Ya adentro el médico, sin mediar en saludos y en el establecimiento del respectivo rapport, me dice:
-Tú debes estar muy relacionada con lo que son las enfermedades de transmisión sexual – afirmó sin ninguna consideración.

Aunque no esperaba semejante recibimiento, mi respuesta salió con rapidez y valentía:

-Sí, doctor, mi mamá fue enfermera especializada en esa área y por tanto fui educada recibiendo esa información de primera mano y con la pedagogía adecuada.

Seguramente el médico no esperaba esta respuesta en los términos de seguridad y entereza en que se transmití. Sin embargo, ello no fue óbice como para que el doctor rediseñara su estrategia de abordaje, de modo que igual siguió en su guión:

-Estos resultados están muy mal, senora!
 -Pero qué tienen de mal, Doctor, si yo me siento completamente bien; es más tengo mucho tiempo sin enfermarme -le respondí en medio de una no disimulada angustia, a lo que el médico respondió sin ningún tipo de consideración:

-Senora Cedeno, usted tiene sífilis!
Dios mío, cómo podía ser eso? Le argumenté que esos exámenes deberían estar malos pues, yo tenía una relación de hace dos años y que en muchos años no había tenido una relación y que mi esposo era un hombre totalmente sano como para transmitírmela y que jamás de los jamases yo tuve ninguna enfermedad de transmisión sexual. De manera que le pedí que me repitiera los exámenes, a lo que respondió:

-Senora Cedeno, estos son los exámenes y los resultados raramente varían, así que si dicen que usted tiene sífilis es porque usted tiene sífilis.

Así de determinante fue aquel médico quien por ser de familia, pensaba yo, debería tener un poco de sensibilidad con los pacientes.

Tratando de reponerme de aquel bochornoso momento por el que estaba pasando y tratando de encontrar un poco de compasión en aquel médico, recuerdo que le imploré que me repitiera los exámenes, pero lo que obtuve como respuesta fue aún más lapidario que la propia vergüenza por la que pasaba:

-Senora Cedeno, todas las personas que se sientan allí donde está usted a recibir resultados como los que le estoy dando, dicen exactamente lo mismo, así que le sugiero empezar el tratamiento que le voy a mandar, cuanto antes.

-No voy a hacerme ningún tratamiento –enfaticé con toda energía- porque el problema no es aceptar el tratamiento, sino que luego pasaré a tener un expediente de por vida y vivir en un control permanente en el Ministerio de Salud.

El médico nuevamente se mostró sorprendido por la información que yo maneja, preguntándome cómo yo sabía eso:

-Porque esos son procedimientos universales que se hacen en todos los países en este tipo de situaciones y en Venezuela no se hace esa excepción.
-En Venezuelaaa? –volvió a preguntar incrédulo.
-Sí, en Venezuela –le respondí ya en tono airado.
Haciendo de tripas corazón intenté domar a la india indómita que llevo por dentro, tomando unas respiraciones profundas le dije despacito:
-Doctor Goldstein, yo no voy a tomar ese tratamiento porque yo no tengo sífilis. Usted o me repite los exámenes o me remite a otro médico.

Dado que el galeno no dio respuesta a ninguna de mis peticiones me levanté y di por concluida la consulta.

Lo inimaginable de este caso es cómo puede cambiarle a una la vida un diagnóstico hecho en la forma tan desafortunada como ese médico lo hizo. Aunque no tenía lugar a dudas acerca de mi intachable estado de salud pretérito en ese sentido, no dejé de sentir vergüenza y pena, me sentía profanada, me sentía sucia. Mi estado emocional pasaba de una gran tristeza a una gran calentura, sin dejar de sentir miedo por todo lo que pudiera representar para mi vida futura.

Ese día y el siguiente me bañé varias veces en el día. Quería limpiar todo mi cuerpo de aquel dantesco diagnóstico. Me enjabonaba y fregaba una y otra vez mi cuerpo como si se tratara de una violación. Lloraba y mis lágrimas se confundían con el agua que salía por la regadera y que se iban al océano dejando limpia mi alma, afortunadamente, y con nuevas fuerzas para continuar en el insólito combate que se había iniciado apenas horas antes.

Recuerdo que esa primera noche hablé con Julián, mi esposo, a quien le eché el cuento tal cual era, con toda la vergüenza que aquel episodio me causaba.

No obstante el poco tiempo que llevábamos juntos, Julián me dio su más irrestricto apoyo, que era todo lo que yo necesitaba en ese momento para que mis fuerzas no flaquearan y continuar tratando de aclarar el inesperado acto que, como una obra de teatro, la vida me había preparado.

A los tres días recibí una llamada del Servicio de Medicina Familiar para que asistiera nuevamente a consulta. Lo que para mi representaba un pequeño triunfo en la batalla (que me llamaran), de inmediato se transformaría en una nueva afrenta de parte de aquel médico inquisidor en que se había convertido ese médico de familia.

Al llegar y sin mediar mayores palabras, me interrogó:
-Entonces, senora Cedeno, ya decidió hacerse el tratamiento?
-Ya le dije -riposté con autoridad, pero con humildad- que no me haría ese tratamiento, primero porque yo no tengo sífilis y segundo, porque al hacerme un tratamiento de ese tipo mi expediente quedaría manchado para siempre, de modo que si no me repite los exámenes, mucho le sabría agradecer me remita a otro médico.

Transcurrirían minutos de una verdadera puja en los que Mr. Goldstein trataba de persuadirme de que me hiciera el tratamiento, ya que era solo una inyección que me colocarían en el brazo y yo rogándole porque aceptara   alguna de mis dos opciones asaz expresadas. Finalmente el médico se decantaría por la segunda opción, es decir, enviarme a otro médico para una segunda opinión.

Esta vez respiré tranquila porque al menos tenía una segunda oportunidad de demostrar mi inocencia, siendo éste uno de los efectos perniciosos de este tipo de problemas que es que, en alguna medida, la hacen a una sentirse culpable.

Precavidamente llamé a la última de las Empresas Básicas en la que había trabajado para pedir me fuera enviado mi expediente médico, como soporte a lo que eventualmente pudiera venir. Con la mayor de las penas tuve que confesarle a la doctora ocupacional  lo que me estaba ocurriendo. Por fortuna era la misma doctora de cuando yo estaba activa y quien luego de examinar mi expediente y los resultados de los exámenes que me metieron en problemas, me dijo:

-Esos resultados constituyen un falso positivo de sífilis, pero lo que realmente demuestran es que tienes una artritis que está en remisión y que, eventualmente, puede ser confundido; aun así es más lógico que una persona de tu edad sufra de artritis a que tenga una sífilis de hace casi 40 años. Habla con ellos y dale esta explicación.

Al fin una buena noticia en este corto pero profundo caso de salud en el que estoy involucrada. Los días que faltaban me permitieron meterme un puñal, como dicen en mi pueblo, Venezuela,  de toda la explicación técnica que me dio esa médica ocupacional de mi empresa, que sin ínfulas de sabérselas todas, dio una ilustración médicamente lógica de mi caso.

La nueva cita se dio a la siguiente semana cuando el nuevo médico, Dr. Jackson, me atendería para revisar mis exámenes y, pensaba yo, mandar a hacer unos nuevos; así que con mucha fe y esperanza en que esta vez La Chinita intercedería y pronto esto no sería más que un mal recuerdo, el miércoles de esa semana me presenté puntualmente a la consulta.

-Buenos días, doctor Jackson, yo soy la sra. Cedeño y vengo referida por el doctor Goldstein –me presenté antes de que me preguntaran.
-Sí, senora Cedeno, ya escuché que venía a verme. Tome asiento!
-Tenga la bondad y entrégueme los exámenes que le mandó a hacer el doctor Goldstein.
-Aquí los tiene, doctor!
Luego de una ojeada nada exhaustiva el médico en el que yo tenía cifradas mis esperanzas, respondió:
-Bueno, sra Cedeno, aquí no hay nada que hacer: usted tiene sífilis!
-Pero, doctor ….
-Sra. Cedeno, estos exámenes son claros y confiables. Usted tiene alterados los niveles estos valores –me dijo señalándome dos valores- lo que sin lugar a dudas constituye un caso ineludible de sífilis, de modo que le recomiendo seguir las indicaciones del doctor Smith que en esto es una autoridad.
-Doctor –lo atajé antes que sentenciara- yo quiero que usted vea mi expediente médico, el único que tengo, y que es la historia de mi salud mientras trabajé durante los últimos 30 años en Venezuela. Mi doctora allá, piensa que pudiera tratarse de un falso positivo de sífilis, pero lo que realmente dice esa alteración de esos valores es que lo que hay es una artritis posiblemente en remisión.

Luego de esta andanada, el doctor accedió displicentemente a ver el libro de vida de mi salud, para luego de una inspiración profunda concluir como el peor de los patanes con quien una mujer se pudiera conseguir en una consulta médica:

-Se ve que esa doctora que armó este expediente la quiere mucho.
Por Dios santísimo, cómo pueden existir seres como éste ejerciendo la medicina y en un país que se supone del primer mundo?
-Pero, doctor, cómo usted puede decir esto si usted no me conoce? Mire, yo me casé hace casi 40 años tuve dos hijos, uno tiene 35 años y el otro tiene 30. Ambos totalmente sanos. Nunca tuve relaciones promiscuas, ni siquiera ocasionales. Cómo puedo yo explicarle a mis hijos esto que me está pasando?
-Aunque no es mi área decirle cómo explicarle a sus hijos –añadió el marsupial este que tenía como médico frente a mi- sí le puedo asegurar que con toda seguridad si usted tiene todos esos años con sífilis, sus hijos también la tienen, así que de su parte queda la forma de decirles. Por lo pronto le recomiendo que siga las instrucciones del doctor Goldstein.

No sé de qué material estaré hecha yo para soportar estoicamente esta gran cantidad de ataques de parte de alguien que, aparte de tener un título médico, no creo que posea ningún otro parecido de ser humano. Sólo me preguntaba por qué a mí. Sería eso lo que tenía que aguantar para vivir en un país distinto al mío? Será que este es el trato que reciben todos los inmigrantes latinoamericanos en este país?, aún cuando soy de piel blanca, poseo la ciudadanía por casarme con un canadiense y además hablo el inglés sin acento. Si esto le pasa a una por ser inmigrante, pensaba, ¿qué dejará para una negrita de esas nuestras, que no hablan el idioma y que llegan al país con una mano atrás y otra adelante?

Sin embargo, nada parecía detenerme, sobre todo porque mi gran confianza radicaba en que nunca llegué a dudar de mi salud física y espiritual; que mi fortaleza era saberme una mujer íntegra, digna, física, psíquica y emocionalmente sana, todo en perfecto equilibrio; claro lo que no impedía que de vez en cuando tuviera mis quiebres, como el del día en que tuve que explicarle a mis hijos toda esta pesadilla y además pedirle que se hicieran el VDRL para asegurarme que todo estaba bajo control.

Todo este empoderamiento fue lo que me permitió que, una vez sabido que en mis hijos no existía indicio alguno de sífilis y ante una nueva propuesta en el sentido que me hiciera el tratamiento recomendado por ellos, les respondiera con autoridad en una nueva consulta a la que asistí meses más tarde:

-Yo no me voy a hacer ningún tratamiento ofensivo de los que ustedes me recomiendan, de manera que exijo mi derecho a ser tratada por especialistas en enfermedades de transmisión sexual en un centro profesionalizado en esos asuntos. Mientras eso no ocurra ese expediente estará abierto y será usted, doctor Goldstein, el único responsable de que ese expediente permanezca abierto.

Aún con los resultados deshonrosos obtenidos en las distintas citas médicas, mi ánimo continuaba in crescendo y decidida a ir hasta las últimas instancias con tal de ver relucir mi nombre en la nueva historia médica que estaba naciendo … aunque con muchas deformidades.

Lo que ya había decidido era no asistir más a la consulta del Dr. Goldstein hasta tanto no me diera una de las dos salidas que le estaba exigiendo; sí, exigiendo dije, porque entendí que era mi derecho y ningún médico por muy canadiense que fuera me lo podía vulnerar.

Sin embargo el doctor Goldstein no era una presa fácil de roer, ya que lo que a continuación sucedió fue una muestra más que evidente que esta lucha tomaba características personales.

Sucedió, entonces, que varias semanas más tarde recibimos en casa una llamada del consultorio del Dr. Goldstein para darle una consulta médica a mi esposo, quien, aunque lo he mencionado poco, estaba siempre a mi lado para darme ánimo, fuerza y valor. Una vez en el consultorio el médico le recomendó que se practicara él también los exámenes, a lo que Julián accedió cortésmente, habida cuenta que esa posibilidad ya la habíamos contemplado cuando analizamos los eventuales escenarios de esa cita.

Julián se hizo todos los exámenes en los que, aparentemente, todo estaba bien; pero para que no quedara abierto también el expediente de Julián, pidió una nueva cita para llevar los resultados, la cual le otorgaron para unos días después.

Llegado el día, Julián se presentó a la consulta de Smith –ya no me provoca seguir llamándolo Doctor- le entregó los exámenes y espero a que éste concluyera en lo obvio:

-Senor Maneiro, estos resultados indican que usted está totalmente sano, de modo que la sífilis de su esposa no tiene nada que ver con usted.
Aunque Julián le dio los mismos argumentos conocidos en mi defensa el adefesio éste pareció no prestarle la menor atención y, por el contrario, arreciaría su inquina contra mi persona al preguntarle a mi esposo:

-Y bien, senor Maneiro, a la luz de los resultados de estos exámenes que descartan que usted pudo contagiar a su esposa, ¿piensa usted seguir casado con la Sra. Cedeno?

Esto se contaba y no se creía! Cómo era posible tanta violación al Juramento Hipocrático que tanto aquí, como en Venezuela o en la China, es de obligatorio cumplimiento para todo aquel que ejerza el sagrado deber de la Medicina?

Julián terminaría recriminándole su comportamiento, manifestándole su total apoyo a mí y despidiéndose con el deseo de no volverlo a ver. Aunque pensamos en demandarlo, fuimos persuadidos de hacerlo por el hecho de yo ser una inmigrante, que como tal tiene limitaciones ante la ley y también porque los costos procesales en todos estos casos son muy elevados y porque, en definitiva, al sacar cuentas las posibilidades de un triunfo eran escasas. Así que me tocó aprender a realizar respiraciones profundas, de manera que en el futuro me verían a mí en un constante inhala, exhala, inhala, exhala e inhala y exhala y listo. Se acabó.

Al cabo de un tiempo fui llamada desde el Centro de Atención Familiar que está en College St., a fin de aportar algunos datos que permitieran actualizar mi expediente, en un asunto que no estaba relacionado en apariencia con el tema que ocupaba mi atención y el que se extendió a lo largo de todo una año. Se trataba de otra oficina y con personas distintas.

Allí me atendió una doctora (esto ya representaba un cambio), la cual me trató con mucha amabilidad y bondad (otro gran salto), quien me inspiró una absoluta confianza dado su trato afable, tierno y, sobre todo, muy humano. Aunque no estaba planteado que habláramos del caso en particular que les narro, fue tanta la ascendencia que encontré en ella, sumado a que era de nacionalidad portuguesa y que además tenía familiares que vivían en Puerto Ordaz, que me atreví a comentarle muy sucintamente, al principio, la situación por la que atravesaba.

Ella, la doctora Gouveia, me escuchaba con total atención, lo cual me estimulaba a seguir echándole el cuento cada vez con mayores detalles. A veces me interrumpía para hacerme una que otra pregunta, lo estimulaba a  estar en total transparencia y segura que estaba logrando el rapport que hasta ahora no había conseguido con ningún galeno.

Cuando hube terminado, cuando ya había vaciado mi alma y empezaba a experimentar esa satisfacción espiritual que da sentirse honrada y reconocida, cuando ya todo estaba dicho, reconocido en la larga pausa que viene después del punto y final; justo en ese momento, mi confidente la doctora Gouveia, tomó suavemente mi mano y acercándose casi a mis oídos, me dijo en decibeles susurrantes:

-Senhora Cedenho, sólo usted sabe lo que usted ha hecho con su cuerpo!

El coño de su madre! Me disculpan la imprecación, pero esta gran caraja estaba alineada con los dos anteriores impostores. No podía ser más ruín que los demás! Sin embargo ni siquiera esta nueva ofensa podía detenerme, de manera que la búsqueda de la verdad verdadera continuaría sin parar, aunque ahora sin prisa, pero también sin pausas.

El tiempo fue pasando sin que nada ocurriera. De vez en cuando recibía las mismas llamadas para que fuera a cerrar el expediente y ellos recibían las mismas e invariables respuestas de mi parte. Sumariamente fui a varias consultas privadas en busca de una salida, pero todas quedaban en nada.

Hasta que un día recibimos una llamada del Hospital General de Toronto (TGH por sus siglas en inglés) para informarme que el caso había sido referido a ese hospital, específicamente al Departamento de Enfermedades de Transmisión Sexual.

Aunque la noticia me causaba algo de alegría, por haber logrado lo que tanto había luchado, no era la misma si hubiera llegado antes de todo ese daño emocional que me habían infligido unos cuantos doctores cuyo trato cruel e inhumano por poco hace trizas mis fuerzas físicas y espirituales. Más adelante conocería la palabra Resiliencia y entendí de dónde venía la fuerza que me hacía resistir todos estos embates o batuqueadas que me estaban dando tan lejos de mi Venezuela.

El Hospital General de Toronto es un complejo hospitalario que ofrece medicina gratuita a residentes y extranjeros sin discriminación. Como muchos de los hospitales que conocemos, el servicio abarca la mayor cantidad de enfermedades posibles, algunas con un grado mayor de especialización. Lo primero que resalta al llegar es el estado de pulcritud de sus instalaciones y la amabilidad del personal que allí trabaja.

El Departamento de Enfermedades de Transmisión Sexual tiene una sección (varios pisos) del edificio central al que asisten únicamente las personas que se van a atender o que ya se han atendido y asisten a charlas o consultas. El ascensor que llega a estos pisos es para uso exclusivo de pacientes y personal de este servicio  o lo que es lo mismo, que la confidencialidad y privacidad del servicio está totalmente garantizada.

Cuando llegué al piso fui atendida por una primera persona, la que al verme algo timorata me brindó la atención que requería como recién llegada al servicio, creándose de inmediato un vínculo de confianza con este departamento.

Una vez recibida la orientación fui enviada amablemente al médico que me iba atender. Allí esperé unos pocos minutos hasta que fui llamada. Ya adentro fui recibida por la Dra. Kristofferson, la que al verme algo nerviosa intentó crear una relación de confort.

-Senora Luz Mary, usted ha llegado al sitio al que debió venir desde un principio. Es aquí donde su caso será tratado de la manera en que este tipo de casos son tratados y por personas para quienes usted no es una enfermedad, no, es una persona que es la razón de ser de este departamento; así que tenga la confianza de que lo que aquí suceda es problema de sólo nosotros, quienes le atenderemos.
Esas palabras me dieron un gran alivio, pues era esta la primera vez desde que comencé este periplo en que me sentía respetada y reconocida con la dignidad del ser humano que soy; así que al fin pude respirar tranquila.

La Dra. Kristofferson tenía el informe que le habían enviado desde el centro de medicina familiar y lo conocía al dedal, únicamente le faltaba mi historia contada por mi y el expediente de salud en Venezuela. De manera entonces que los próximos minutos que pasé fue echándole los cuentos que ya ustedes conocen, pasando por la cronología de médicos que me habían atendido y del resultado con cada gestión.

La doctora escuchó atentamente cada palabra dicha por mí. Luego tomó los exámenes y fue revisando minuciosamente cada uno. A veces comparaba unos con otros. En su desarrollo a veces movía la cabeza negativamente y otras de forma afirmativa. Cuando ya no soportaba más mi ansiedad la interrumpí:

-Dígame doctora, ¿será necesario que me haga las pruebas nuevamente?

Sin que le quedara el menor atisbo de dudas, la Dra Kristofferson me respondió:

-No, senora Luz Mary, no debe hacerse más exámenes porque el caso suyo es de un falso positivo de sífilis, sin lugar a dudas. Estos resultados demuestran que, en efecto, usted lo que, eventualmente pudiera tener es una artritis.

Ahora sí fue verdad que me quebré. Un llanto indetenible salió desde lo más profundo de mi alma estrellándose contra la humanidad de la doctora, a la que abracé como si se tratara de un familiar. Por fortuna ella, una auténtica profesional en esta área de la medicina, sabía y entendía perfectamente el motivo de mi reacción y correspondió a ese reconfortante abrazo que le tributaba.

Pasada la primera emoción y luego de hacer una evaluación exhaustiva de todo el calvario que me tocó vivir a nivel físico, afectivo, emocional y psíquico, la Dra. Kristofferson fue aún más a fondo al decirme:

-De ahora  en adelante, senora Luz Mary, a usted nadie en Canadá está autorizado para ponerle un dedo encima ni tratar este tipo de casos. Usted no debe asistir a ningún otro centro que no sea este, de necesitarlo; aunque con esta consulta queda cerrado su caso y usted puede regresar con su familia en paz.

Las lágrimas seguían saliendo solas, pero éstas eran lágrimas de felicidad, de satisfacción; lágrimas que ensuciaban mi rostro al descorrer el rímel,  pero lavaban el corazón y liberaban mi conciencia de culpas y auto culpas; lágrimas que me exculpaban de eventuales momentos de quiebres y que me hacían sentir muy oronda por la épica batalla que había dado y ganado, yo,  esta india mitad guajira, mitad pemón en las tierras norteñas, allá donde la primavera no se entera que ha llegado y el invierno se enseñorea hasta casi darse la mano con el verano boreal. Allá pelee esta epopeya de las civilizaciones.

Una vez en mi casa llamé a mis hijos y continué la llorantina con ellos, bajo la promesa que nunca más debía llorar por ese motivo, luego de escuchar un “madrecita, nunca tuvimos dudas que eso era así”.

En la noche, al llegar mi esposo del trabajo, destapamos no una, sino dos botellas de vino, la cual consumimos casi sin hablar a la luz de unas pocas estrellas que se veían en el obscuro cielo toronteño.
Pasaron varios días de desestress y relax sin interrupción, hasta que una mañana recibo una llamada de la secretaria del doctor de medicina familiar que originó todo este barullo.

-Buenos, días, senora Cedeno, la estamos llamando del consultorio del Dr. Goldstein para solicitarle que asista a una consulta en aras de cerrar su expediente.

La oportunidad que estaba esperando se me estaba presentando en bandeja y esta vez no la iba a desperdiciar. Así que con los dos apellidos atravesados y con toda la sangre indómita de mis ancestros revueltas, le respondí:

-Dígale a su esposo, el señor Goldstein  porque ese no se puede llamar Doctor, que yo no  tengo que cerrar ningún expediente, ya que ese expediente para mi ya está cerrado.
-Pero senora Cedeno, mi esposo …… - ahí la atajé y no la dejé continuar.
-El esposo suyo es un coñísimo de su madre del cual no quiero saber nada nunca más –comencé a liberar toxinas con la señora.
-Pero si él la remitió a otro médico para asegurarse –insistió la secretaria.
-Sí, me mandó para casa del doctor Jackson qué es amigote de él.
-Cómo? A ese fue el médico a quien la remitió - preguntó sorprendida.
-Sí, con ese que es otro grandísimo coñe e madre – seguí mi descarga.
-Pero, señora Cedeno ….
-Ningún senora Cedeno, yo soy la Señora Cedeño, así pronunciado con la virgulilla encima de la ene, para formar la eñe. En este mundo globalizado ustedes también tienen que actualizarse, no joda!

Dicho esto, di por cerrado ese capítulo de mi vida, hasta el día de hoy que me decidí contarlo.
Hoy soy la mujer que siempre fui. Aprendí mucho de esa situación pero no dejé que me marcara. Aprendí que no es fácil salir de tu país y enfrentarte a una cultura que se considera superior, si no estás clara en tus propios poderes y fortalezas, en tus virtudes y en tus lealtades, esas que te corren por las venas, en ese ADN en el que se concentra lo mejor de nuestros antepasados. Si no hubiera sido por ellos, hubiese estado de vuelta a mi país antes de empezar la lucha. Fueron ellos los que me sacaron de apuros”.




martes, 10 de abril de 2018

La Historia de Venezuela está llena de Estrellas


La Estrella de Guayana, brillante y luminosa!

En los últimos años, tal vez más de los que pudiéramos pensar, una especie de confusión se ha operado en la mente de un grueso número de venezolanos, con respecto a la composición del número de estrellas en La Bandera Nacional, uno de los tres símbolos Patrios que tiene la nación, los otros son el Escudo Nacional y el Himno Nacional. Para intentar aclarar tardíamente esta situación es necesario conocer un poquito de la historia que precede a la instauración de la Octava Estrella en nuestro pabellón.

El 8 de Septiembre de 1777 se crea la Capitanía General de Venezuela y con esto se sientan las bases de lo que posteriormente sería la República de Venezuela.

La Capitanía General vino a ser la conformación de un Estado integrado con un Presidente (el Capitán General) y los Gobernadores que ejercían la acción de gobierno en cada una de las provincias en que quedó constituida la Capitanía General. Las provincias que quedan integradas a la Capitanía General de Venezuela son, además de la de Caracas que era donde tenía su asiento administrativo el gobierno central, Margarita, Coro, Barinas, Maracaibo, Cumaná, Barcelona, Mérida, Trujillo y Guayana.  Así se daría inicio a la formación de Estado Nacional Venezolano.
Es necesario resaltar que con la creación de la Capitanía General de Venezuela no dejamos de ser una dependencia subordinada al reinado de España, ya que quien ordena la formación de esta nueva entidad político-administrativa es   el Rey Carlos III de España.

33 años después se produce el acto emancipador del 19 de Abril de 1810, fecha que marca inicialmente la Independencia de Venezuela del Imperio Español y la que sería conocida en nuestra historia como el Día de Declaración de la Independencia de Venezuela. Llegado este punto es bueno aclarar es un paso más hacia la total independencia, no la independencia; vendría después más de una década de crueles batallas para lograr la verdadera separación del yugo español.

Al declararse la independencia se desconoce la autoridad del Presidente español, vale decir en nuestro caso, del Capitán General  y de sus más altos funcionarios, representado por el señor Vicente Emparan, quien renuncia a ese cargo por una revuelta del pueblo de Caracas que acompaña a los gobernadores de la provincias y miembros de los mandos militares, políticos y eclesiásticos que proclaman el desconocimiento  a la autoridad del usurpador español quien tenía más de 300 años de dominación en una tierra que no le pertenecía.

Aún así lo que se firmó en el Cabildo de Caracas aquel 19 de Abril de 1810 fue un acta en la que se juraba fidelidad a un  rey español, a través de lo que se conoció como la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII.
Las provincias que conjuntamente declararon y acompañaron la independencia fueron las de Margarita, Barcelona, Cumaná, Mérida, Trujillo, Barinas y obviamente la de Caracas, es decir fueron 7 las que expresaron su independencia; mas quedaron aún renuentes y dispuestas a seguir la lucha a favor del yugo español las de Guayana, Coro y Maracaibo.

No fue sino hasta un  año más tarde  cuando se firma el Acta de Independencia aquel 5 de Julio de 1811, acta en la que se proclama la Independencia de Venezuela de cualquier dominación extranjera, incluída por supuesto, la española.

El día 14 de Julio de 1811 fue izada oficialmente la Bandera Nacional de 7 estrellas, las cuales  representaban cada una de las provincias signatarias del acta de Independencia, que como hemos dicho fueron las de Caracas, Margarita, Barcelona, Cumaná, Mérida, Trujillo y Barinas.

Más adelante el día 11 de Abril de 1817 se produce la llamada Batalla de San Félix, la cual se escenificó fundamentalmente en el Cerro El Gallo de la Ciudad de San Félix de Guayana, y en la cual las fuerzas patrióticas al mando de general del Ejército Libertador,   Manuel Carlos Piar obtuvo una rutilante victoria sobre el ejército español comandado por el Brigadier Miguel de la Torre.

El triunfo de Piar en San Félix dio lugar a la independencia de la Provincia de Guayana y a su definitiva separación del bastión realista que aún continuaba siendo leal al conquistador español, por lo que Guayana representaría la estrella número ocho en nuestro tricolor nacional, con mérito de ser la primera de las provincias que obtiene su independencia en un campo de batalla, ya que las siete anteriores fueron producto de la Declaración de Independencia en aquel glorioso 19 de Abril de 1810.

De esta manera en un acto de gobierno el Libertador Simón Bolívar, el 20 de Noviembre de 1817 decreta:
"Habiéndose aumentado el número de las provincias que componen la República de Venezuela, por la incorporación de la Guayana decretada el 15 de octubre último, decreto: Artículo único. A las siete estrellas que lleva la Bandera Nacional de Venezuela se añadirá una, como emblema de la Provincia de Guayana, de modo que el número de las estrellas será en adelante de ocho".

Quedó así formada la Bandera de las ocho estrellas azules colocadas en línea recta a lo ancho de la franja amarilla, que era como originalmente estaba formado nuestro tricolor.


Significa entonces que la Bandera de la República de Venezuela a partir del 20 de Noviembre de 1817 tendría la Octava Estrella en Honor a Guayana y muy justamente al General Manuel Carlos Piar.

Esta bandera flamearía en Angostura mientras duró la efervescencia del triunfo de Piar y del Decreto del Libertador, mas una vez que Bolívar parte de Guayana, la misma fue abandonada al olvido y los sucesivos gobiernos federales volvieron de inmediato a la bandera de las 7 estrellas.

Moriría el Libertador en 1830 arropado bajo la Bandera de la Gran Colombia la cual distaba mucho de ser aquella decretada el 20 de Noviembre de 1817. Incluso la Federación usó la de 7 estrellas y una vez triunfante adoptó una con 20 estrellas que representaban los 20 estados del país.

Del mismo modo gobiernos como los de Juan Crisóstomo Falcón, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras y Marcos Pérez Jiménez no hicieron otra cosa que ratificar la bandera de antes de 1817. Incluso en el período llamado Democrático se realizó la Constituyente de 1961 y tampoco fue reivindicada la Provincia de Guayana.

Sólo los diputados representantes de Guayana en la Constituyentes de 1999 propusieron en las plenarias la adopción del tricolor incorporando la octava estrella, moción ésta que no se sabe por cuál razón fue derrotada. Sin embargo en la Alcaldía del Municipio Caroní, una Bandera Nacional de 8 estrellas lucía irreverente en el auditórium del cabildo, tal vez en señal de protesta por tamaña injusticia.

Finalmente, el 7 de Marzo de 2006 la Asamblea Nacional de Venezuela derogó la Ley de Bandera, Escudo e Himno Nacional del 17 de Febrero de 1954, incorporando POR FIN  la estrella número 8, la de Guayana, a la Bandera de Venezuela, saldándose tardíamente la deuda con nuestro ilustre Genio de América con un retraso de 189 años, incluso pudiendo ser un poco menos si la Constituyente del ´99 que era la llamada a hacerlo en la primera ocasión, hubiera asumido el mea culpa de 189 años de gobiernos indiferentes al decreto del Libertador y a la exaltación póstuma de la figura del General pardo Manuel Carlos Piar.

A 201años de la Epopeya de Guayana, honor a nuestros libertadores y que flamee en toda Venezuela la joven pero madura Bandera Nacional …la de 8 estrellas …porque es que:
La Historia de Venezuela está llena de Estrellas!