𝐋𝐚𝐬 𝐚𝐧𝐝𝐚𝐧𝐳𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐂𝐨𝐧𝐬𝐮𝐥𝐭𝐨𝐫
martes, 27 de abril de 2021
Crónica de una Charla (para orinarse) de las risas
miércoles, 24 de marzo de 2021
Covid: el drama de vivir 3 días en el corredor de la muerte!
𝐂𝐨𝐯𝐢𝐝:
¡𝐭𝐫𝐞𝐬 𝐝𝐢́𝐚𝐬 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐂𝐨𝐫𝐫𝐞𝐝𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞!
domingo, 7 de febrero de 2021
Como ano para chocolate
Curiosicosas
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| Una clienta feliz en camino a la inmortalización de su ano. |
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| Modelo y producto se funden en esta gráfica para celebrar la agradable experiencia. |
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| Jennifer López, Beyoncé y Nicki Minaj son algunos de los modelos de culos que los belgas añoran saborear. |
lunes, 2 de noviembre de 2020
La rápida zorra de Maturín
La rápida zorra de Maturín
Maturín como todos los pueblos venezolanos en los años 70’s tenía sus características propias, representadas en sitios nocturnos, en ventas de carne, en cervecerías, en abastos, en bodegas, en talleres, etc.
Recuerdo que cerca de mi casa en la Urbanización, más bien barrio, Las Brisas, había en una esquina una vieja bodega llamada Vietnam, en la que, al menos cuando yo llegué a principio de los 70’s, vendían muy pocas cosas. La consigna tácita parecía ser “si lo que anda buscando no lo encuentra en ninguna parte, pues no pierda su tiempo porque aquí tampoco lo hay”.
Pero lo bueno de la Bodega Vietnam es que siempre estaba abierta y si usted no conseguía una papeleta de Ace o un jabón azul, en cambio sí podía encontrar una caja de cerveza, despachada por cuatro viejos que se congregaban desde temprano en el sitio a tomarse las frías y a hablar de política, de allí que su nombre era demostrativo del tipo de pláticas que allí se producían.
Más allaíta, como decía el buen narrador que era Simón Díaz, había un comercial, de esos en los que se consigue de todo, regentado por un italiano bien tropicalizado al que nadie se iba sin comprarle algo. Una vez llegó un niño preguntando por el precio de una linterna. El italiano le sacó una y le hizo la demostración de lo bien que alumbraba. El niño le preguntó el precio y el europeo le dijo que 10 bolívares.
El niño contó el dinero que tenía y se dio cuenta de que lo que tenía no le alcanzaba. Entonces le pidió que se la vendiera sin pilas, pero el italiano que estaba preparado para contrarrestar de inmediato, le respondió para asombro de todos los que estábamos allí: “no, sin pilas te cuesta 13 bolívares”. El muchacho le dijo que ya venía y al ratico se presentó con el dinero completo, en el entendido que una ganga como esa no se podía pelar. Mentira, la linterna en cuestión era más barata sin las baterías, pero el italiano introdujo una estrategia de marketing difícilmente despreciable.
En el centro de la ciudad, en la avenida Bolívar, estaba la Plaza Rómulo Gallegos, por cierto muy curioso el monumento, porque la estatua del gran escritor venezolano estaba como si un policía de la Metropolitana de Caracas, le hubiera gritado “cedula y contra la pared”. Su cuerpo yacía en el aire porque al escultor se le olvidó colocarle el pedestal, ¡qué nimiedad! y los brazos estaban colocados a los lados del cuerpo, lo que dio lugar a la explicación de los lugareños de que Gallegos estaba jugando concha escondida. Cosas veredes de nuestros pueblos!
Plaza Rómulo Gallegos de Maturín, años 70s, con el gran escritor pegado a la pared.
Bien, hacia la parte posterior de la estatua de Gallegos, se encontraba un taller en el que se reparaban máquinas de escribir. Era el más conocido de la ciudad si no el único. Su nombre era Taller de Equipos para Oficina, TEPO por sus siglas en español y así era conocido en toda la ciudad. Al frente del negocio estaba el Sr. Juan Robles, hombre apacible, de gran respeto entre sus clientes, relacionados y conocidos y a quien los más allegaítos lo llamaban Tío Juan. También trabajaba allí el viejo Andrés Robles, un militar asimilado del ejército y el que se la tiraba de arrechón, pero que al uno entrar en confianza con él, rapidito terminaba llamándolo Tío Andrés. Y estaba también el sobrino de ambos, Armando Robles, quien era el técnico en equipos, es decir el que reparaba las máquinas de escribir de aquella generación y a quienes todos llamaban Armandito.
El local estaba atiborrado de máquinas de escribir desde el mostrador donde se recibían y entregaban los equipos, hasta la parte posterior que era donde efectuaban las reparaciones. Armandito siempre con su cigarro cosido en los labios, atendía a los clientes con una tranquilidad asombrosa, herencia tal vez del Tío Juan, no de Tío Andrés, por supuesto.
En mis frecuentes visitas a TEPO, ¡claro sí era novio de la sobrina de los tíos!, veía cuando los clientes venían a buscar sus máquinas. Armandito se las traía limpiecitas y a un lado del mostrador les hacía una prueba rápida. Contentos los clientes se dirigían a cancelar en caja, donde los esperaba Rosa, quien parecía más bien la esposa del viejo Andrés y no de quien verdaderamente lo era, que era de Tío Juan.
Una vez cuando un cliente retiró su equipo, pude leer lo que Armandito en tan solo 5 segundos les escribía. Esto era lo que los convencía de que el servicio había sido exitoso. Se leía en el papel una oración en inglés:
“The quick and Brown fox jumps over the lazy dog”
Intrigado le pregunté qué significaba aquello y echándome el humo del cigarrillo por un espacio desocupado por uno de sus dientes caninos, me respondió: eso significa “la rápida zorra marrón salta sobre el perezoso perro”. Para luego acotar “si revisas bien te darás cuenta de que en la oración están contenidas todas las letras del alfabeto inglés”.
- Carajo, Armandito, y si te preguntan por la eñe? Le pregunté intrigado. Entonces agarró una máquina que ya estaba reparada y me respondió:
- Si me preguntan por la eñe, entonces les escribo; Coñññññooo!
Les he contado esta crònica de memoria porque aún en nuestros días le encuentro un magnífico encanto a esa inocente pero vivaz manera de ser de los venezolanos del siglo pasado de mi querido Maturín y que tal como a mí, tal vez a alguno de ustedes jamás se le olvide que “The quick and Brown fox jumps over the lazy dog”, o sea.
¡Y ustedes pensando que yo iba a hablar del mismo animal, pero de otra especie …..!
Plaza Rómulo Gallegos de Maturín , años 70s.
domingo, 25 de octubre de 2020
La gloria de estar con Gloria
De La Pastora al Manicomio!
Cuando estaba pequeño y me enamoraba como un bichito me decían que me había enamorado como un hombre; mas cuando ya entrado en años lo volvía a hacer, lo cual pareció convertirse en una inveterada costumbre, entonces me decían que me había enamorado como un niño. Como quiera que se le mirara el amor era el mismo, aunque seguramente el objeto era otro, porque nunca el amor era igual como cuando me enamoraba por última vez. En eso me parecía mucho a Hans Christian Andersen y su final en la Balada de Hans y Jenny, en la creación romántica de Aquiles Nazoa.
Era el año 1969 y como recién llegado de la provincia venezolana, no era mucho el esfuerzo que tenía que hacer por adaptarme a la vida caraqueña de finales de la mejor década que conoció la humanidad. Como aún tenía pocas amistades, fácil se me hacía descarriar en medio de la gente en busca de no sé qué cosa, que no sé quién me podía facilitar, de modo que en ese andar por los pasillos y patios de ese gran colegio que era el Liceo Agustín Aveledo, de La Pastora, por primera vez pude notar la presencia luminosa de quien me convertiría en su habitué a partir de ese momento.
Liceo Agustín Aveledo, La Pastora. Circa 1968Era Gloria! ¿Quién más, pues? La chica más popular y hermosa de todo el Liceo. Todo el mundo quería estar cerca de ella y yo, que no era de Marte, hacía mi trabajo para no pasarle desapercibido; aunque contaba con un aparente inmenso hándicap y es que yo era apenas un cándido niño para ella, porque ella estudiaba 5to año y tenía 18 años y yo apenas iba por el 2do año de bachillerato con 14 años a cuesta ... Pero como en el amor el peor mandado es el que no se hace, algo tuve que haber hecho para que en un abrir y cerrar de ojos me transformara en amigo de Gloria…. pero en un amigo de verdad verdad.
Comenzamos a vernos con frecuencia, a hablarnos, a encontrarnos a cada sonido del timbre de receso para compartir un chiclet, o una chicha en botella, o una fanta naranja. Como un macho alfa, la apartaba de la manada y con ella me sentaba en el lugar más remoto de las canchas. El objetivo era estar cerca de ella y eso a ella parecía que no le disgustaba; al contrario ella también me buscaba; ah pues, esta era una amistad absolutamente correspondida. Amistad dije, no obstante en esta oportunidad me veía casándome con aquella belleza impetuosa del barrio El Manicomio, aunque manicomio era lo que se había formado en mi cabeza al conocer a Gloria.
Gloria era popular, muy popular en el liceo. Ella formaba parte del equipo de vóley ball de su sección, además de eso cantaba en la estudiantina, era tan aplicada que era miembro del equipo de Ciencias y, por si fuera poco, bailaba en el grupo de danzas del liceo. Pero lo que más me llamaba la atención era que tenía una batatas - bueno así llamaban en Ciudad Bolívar a esa parte de las extremidades inferiores que adquieren distintos volúmenes allá abajo detrás de las piernas – impresionantemente bien formadas, que apenas se podían ver al desnudar ….sus rodillas en momentos en que la larga falda del uniforme se descorría un poco hacia arriba, cosa que invitaba a continuar la indagación por algo más complicado, pero placentero, que por eventos eminentemente aleatorios.
Un día tomé una contundente decisión que me mantendría por más tiempo diario al lado de Gloria, con todo y las consecuencias que aquello me podría acarrear: me metí en el grupo de danzas del liceo. ¡Imagínense al hijo de Petra Corina, de quien decían que tenía piedras en los oídos y que bailaba como si tuviera dos pies derechos, bailando como todo un Nuréyev junto a Gloria! A partir de ese momento nuestros ratos juntos se prolongarían hasta ciertas horas de la noche, dado que los ensayos empezaban al salir las clases y terminaban cerca de las 8 de la noche.
Un autobús San Ruperto "La mejor forma de conocer Caracas", supera la empinada cuesta de la Plaza de la Pastora, circa 1968.
Teníamos ensayo tres días por semana. Y yo ahí siempre pegadito de Gloria. Aunque ensayábamos valses yo me la ingeniaba para para mantener una aproximación física muy alejada del distanciamiento social que este año conocimos. Durante los recesos le pedíamos permiso a la profesora para poner en su picót una canción que se transformaría en el himno de nuestros días juntos:
The changing of sunlight to moonlight
Reflections of my life
Oh, how they fill my eyes
The greetings of people in trouble
Reflections of my life
Oh, my sorrows
Sad tomorrows
Take me back to my own home
Y allí, con mis ojos cerraditos, descansaba mi cabeza sobre la azabache cabellera de mi dance partner durante los minutos de ensoñación que duraba la canción. Al terminar los ensayos nos íbamos caminando desde el liceo, en La Pastora, hasta la esquina de Marcos Parra, en el centro de Caracas, en donde ella tomaba un autobús o microbús que la llevaba hasta el Manicomio. Aunque podíamos tomar un autobús San Ruperto, cuya parada estaba a escasos metros del Liceo, preferíamos caminar por las estrechas aceras de La Pastora hasta la avenida Baralt y así seguir comentando las incidencias del día, mientras tropezábamos adredemente uno al otro.
Parada de autobuses, camioneticas y por puestos con rumbo, entre otras localidades, al Manicomio de mi Gloria.Pero el amor por Gloria no estaba exento de problemas. Por una parte Gloria, como toda luminaria, tenía sus pretendientes, muchos de ellos verdaderos Adonis para la época y para las circunstancias que nos rodeaba y, por otro lado, a mi familia no la convencía esa llegadera tarde de un carajito de apenas 14 años y dos años de experiencia en la peligrosa gran ciudad.
Así que un día en que llegué como a eso de las 9 de la noche del liceo, encontré instalado el Tribunal de Nuremberg en el comedor de la casa, esperándome para sentarme en el banquillo a rendijú. No tuve otra que confesar, pero sólo la mitad de lo que estaba pasando. Le dije al gran jurado que me había metido en danza y que llegaba tarde porque ensayábamos al terminar las clases. El gran jurado me conminó a dirigirme al salón de confinamiento mientras sus miembros deliberaban. Estando allí escuché cuando uno de sus jueces, exaltado, enjuició “ese carajo es mariiicooo. Yo no he visto ningún bailarín que no sea mariiicoooo”. Para luego dictar sentencia: Va a tener que irse a bailar pa’ Ciudad Bolívar”. Decisión tomada…no vale apelación!
Nada de eso empañó el encandilamiento que tenía por Gloria y, por el contrario, la rebeldía del joven adolescente lo empujaba a buscar cada vez más la compañía de ella; pero como la relación no avanzaba por un motivo eminentemente etáreo, el idilio fue enfriándose … porque ni yo era Emmanuel Macron, ni Gloria era Briggitte. De modo que un aciago día Gloria me confesaría que todo sería maravilloso si yo tuviera 18 o más años, y que ella en verdad me quería mucho …pero como un amiguito. Recuerdo que mi amada Gloria concluiría con que esos cuatro años que ella era mayor que yo hacían una diferencia insalvable para continuar con el noviazgo. Esta vez vendría Charles Aznavour a darle el Capri C’est fin a nuestro amorío.
Sé que no quieren que me despida sin antes decirles cómo terminó la condena del juicio de Nuremberg. Pues nada, ni me fui para Ciudad Bolívar, tampoco a bailar para el Teresa Carreño y menos aún para la avenida Libertador, porque antes de terminar el año escolar me presenté con Morella, quien estudiaba conmigo, pero la obnubilación por Gloria me había impedido reparar en su presencia, en su profunda belleza y en unos ojos que al menor de Petra Corina volvió loco, esta vez para toda la vida… nunca como en las 30 anteriores oportunidades…nunca!
Pasaron los años. Muchos años; es más, varias décadas. Después de 4 décadas, en realidad casi 5, volví a ver a Gloria. Como en la canción Nuestro Balance, nos sentamos un rato a conversar serenamente. Echamos un vistazo a aquel pasado bonito y zanahoria. Nos reímos mucho y en verdad disfrutamos de ver todo aquello a través de los cristales del tiempo. Ya casi para despedirnos, Gloria me preguntó si aún había chance para recuperar algo de aquella pasión y comenzar nuevamente a vernos y bueno… que fuera lo que Dios quisiera. Que lo pensara!
En realidad no había mucho que pensar. Esa invitación me hizo evocar sus concluyentes palabras de despedida; sin embargo no había en mi la ruindad y abyección como para decirle que tanto en aquella época como en ésta, esos 4 años de diferencia continuaban siendo un obstáculo insalvable... o sea.
jueves, 15 de octubre de 2020
Un condominio amoroso en el Edificio Roma
Un triángulo amoroso comprometedor!
Una vez, por allá por 1971, me hice noviecito de una chica que vivía en el 2do piso del Edificio Roma, una vieja edificación (ya era vieja para aquella época) que quedaba en la esquina de Puente Trinidad, a escasos 200 metros del Panteón Nacional, en la Parroquia Altagracia de Caracas. Deyanira era su nombre. Hoy recuerdo su agradable olor y la fragancia que se la proporcionaba, muy popular en esos tiempos, cuyo nombre y aroma, aún conservo intacto en nuestros días: Christian Carol.
Lo cierto es que éramos novios diurnos, novios de matinee, porque sus padres eran muy celosos. Después de las 6 de la tarde era imposible verla, además, bajaban la cortina de la ventana que miraba hacia el Edificio Mapal que era donde yo vivía, lo que me impedía bucearla en la distancia. Nuestro amor no llegó a alcanzar la nocturnidad, moría en cada vespertina… o sea.
Ella estudiaba en el liceo Simón Bolívar, uno privado que quedaba en la esquina de Caja de Agua, hasta donde iba a llevarla y buscarla durante los días que duró el noviazgo.
En las tardes solíamos salir a comprar pan y en un descuido de sus padres nos echábamos una paseadita hasta la Plaza del Panteón Nacional, mientras esquivábamos a los borrachos que entraban y salían del bar La Cuevita, una taverna, o mejor caverna, que estaba anexo al Roma.
Allí, en la placita del Panteón, nos sentábamos un ratico a conversar; en un descuido una agarraíta de mano; en otro, una agarraíta de lo que se pudiera y en otro descuido un piquito estimulante. Y miren que era estimulante para un carajito de 16 años!
Al regresar y pasar frente a la Torre de la Prensa, Santiago, el chichero que por años hizo de ese su sitio de venta, se metía con nosotros al gritar “y ella como que quiere”. Y cuando uno ya iba a entrompar pensando que Santiago se refería a lo que uno quería después del piquito de la plaza, el chichero ripostaba “pero él como que no tiene real”. Ah, okey, y ambos soltábamos la risa. Y el chichero también se celebraba su gracia, enseñándonos su diente de oro canino.
A veces podía entrar al edificio y acompañarla hasta muy cerca de su apartamento, lo que comportaba un altísimo riesgo de encontrarme con sus padres, para lo que aun no me sentía suficientemente maduro.
Lo otro es que el edificio Roma era una suerte de capital gastronómica europea, en la que convergían portugueses, italianos, of course, españoles y canarios, todo lo cual se manifestaba en una mixtura permanente de la riqueza culinaria de estas culturas. De modo que todos esos olores se evadían de las cocinas inundando los pasillos, que eran espacios confinados de respiración peligrosamente forzosa.
Abajo, a nivel de la calle, quedaba el Cine Roma, conocido por su arquitectura colonial y por el fuerte olor a orine que a una cuadra anunciaba su presencia. Recuerdo del Cine a un implacable portero, quien nunca me dejó entrar a ver la película Lo malo, lo bueno y lo feo, desde los 14 años intentándolo, porque era Censura “C”. Ya conocía mi cédula de memoria. Sin embargo cuando cumplí los 18 y casualmente estaba montada la película ….no me pidió la cédula, para mi frustración.
Siguiendo con mi Love Story, una noche en la que trataba de ver a Deya, a través de los bloques de ventilación del pasillo de mi apartamento, se hizo el milagro y se abrió la persiana del suyo, con tan mala suerte que pude vislumbrar una escena que cambiaría el rumbo de esta historia de amor.
En la salita de su casa se veía a su mamá y a su papá sentados en una mesa; mientras un poco más allaíta, en un rinconcito donde sólo cabía un pequeño sofá, estaba ella sentada .....adivinen con quién? Sí, eso que están pensando: con un novio! Qué terrible! Mi novia con un novio!
Al otro día, al buscarla para acompañarla al colegio, le pregunté qué estaba pasando ahí. Muy apenada me confesó que ese era un enamorado que sus padres le habían impuesto mucho antes que ella comenzara conmigo, pero que eso no pasaba de una visita todas las noches en los mismos términos como yo lo había observado la noche anterior, además que el tipo era muy mayor para ella. Sus padres, al parecer, estaban embrujados con este yerno que habían adquirido porque se trataba, según alegaba Deya en su defensa, de un conocido escritor y locutor de radionovelas de la época y a quien conocían como "el escritor que llega al alma de las mujeres".
A partir de esa noche y durante todas las noches, me podían encontrar sentado como un pendejo en el pasillo, esperando que subieran las persianas. Eso, al final, destruyó todo el amor que nos habíamos prometido.
Lo bueno que pude extraer del final de esta historia es que con quien yo, presuntamente, estaba compartiendo una novia, era nada más y nada menos que con un Antonio Madrigal, laureado artista de los años 50, 60, 70 y quien sabe cuántas décadas más y quien con el grito de guerra que lo hizo famoso embrujó el alma de la mamá de Deyanira y quien sabe si también la de ésta. Yo no esperé para comprobarlo!
Todo esto ayudó a que mi autoestima se elevara, que el ego se edematizara y que me sintiera más tranquilo a la hora de formalizar la separación, porque no era con cualquiera con quien este cándido quinceañero enamorado tenía un noviazgo ..... un noviazgo en condominio!
lunes, 21 de septiembre de 2020
Crónica de la Caracas burdelera
Crónica de la Caracas burdelera
Tour burdelero
En las proximidades de las batallas electorales venezolanas hay que tener mucho cuidado con los sitios que se visitan, sobre todo si usted es un aspirante a un cargo de elección popular o si lo ejerce en las instituciones burocráticas del gobierno de turno. En estos tiempos de redes sociales y de teléfonos inteligentes cualquiera puede tomarle una foto y convertirlo a usted en tendencia nacional incluso a pesar de su desconocimiento , con lo que su aspiración se vería seriamente comprometida, por aquello de guardar las apariencias que la doble moral aconseja.A pesar de toda la historia que tenemos en cuanto al ejercicio legítimo de la prostitución y de la protección legal que brinda el Estado tanto a quienes la practican como a quienes la usufructuan, continúa siendo un tema tabú la presencia de personas de distintas indoles en los llamados prostíbulos o burdeles, como si aquello se tratara de un delito de lesa patria.
En lo particular no tengo un juicio denigrante de aquellas personas que, de alguna manera, simpatizan con los burdeles o con aquellas, con razón llamadas, zonas de tolerancia, por lo mismo que no lo utilizaría contra un adversario del tipo que sea, para denostar de su debilidad o afición por el llamado oficio más viejo del mundo.
Recuerdo que cuando llegué a Caracas, por allá por 1968, había burdeles por todas partes, incluso muchas pensiones, no lo eran tales, si no burdeles. Todo el centro de la ciudad y hasta el Nuevo Circo estaba plagado de burdeles. Había tantos burdeles en todo lo que era el sector de El Silencio que aquellas casas que no lo eran se veían obligadas por la necesidad, a identificar sus casas con un cartelito que se ponía enfrente que decía casa de familia.
Es que eran muchas las equivocaciones que se producían, en especial los fines de semana, cuando los comensales se alborotaban, producto de los tragos querían hacer de cualquier hueco una trinchera. Según las fuentes consultadas, a finales de los años 50s las estadísticas eran de un burdel por cada 8 casas. Y de cuyas 7 casas, presuntamente, de familias, habían casas de vecindad, bares, expendios de licores y otros.
Para bajar la tensión de los más moralistas, déjenme decirles que la prostitución siempre ha sido en Venezuela una práctica legal, reglamentada y controlada por el Estado a través de, entre otras instituciones, los ministerios de la Salud de distintas épocas. De hecho por allá por la época del 30 del siglo pasado, se instituyó el Día de las Enfermedades Venéreas.
En una biografía de Daniel Santos se dice que El Inquieto Anacobero, cuando venía a Caracas , prefería hospedarse en un burdel que en un hotel, de hecho tenía un burdel que era su favorito, que quedaba en el sector de Catia. En su biografía oral le confesaría a Héctor Mujica:
"La Casa de la Gata me servía a mi de residencia en Caracas durante mis giras artísticas....era un refugio de los hombres de entonces, que por alguna causa no tenían acceso al amor de una mujer y alli llegaban en busca de un amor y un momento de placer".
Los muchachitos de la época, los teenagers pues, nos organizábamos y un día al mes hacíamos un Tour Burdelero y desde mi casa, a una cuadra del Panteón Nacional, salíamos hacia el centro, metiendonos de burdel en burdel, sólo con la intención de ver a las mujeres que trabajaban allí, las que fuera de eufemismos se hacían llamar putas. En realidad se necesitaban varios días para visitarlos todos, con decirles que cerca del Nuevo Circo de Caracas había un edificio de 3 pisos repletos de putas. Se necesitaba de al menos una noche para conocerlo en su totalidad.
En una noche de Tour, una puta veterana le ofreció al canario Javier desayuno, almuerzo y cena por sólo 30 bolívares. El canario quien, al igual que todos los andábamos juntos, no cargaba dinero, rega9teó el precio. Entonces la señora se lo dejó en 20 bolívares, pero sólo desayuno y almuerzo . Ante una nueva regateada del compañero de tour, la dama en cuestión hizo su última oferta (aunque aquí no se sabía quién ofrecía y quién demandaba): 15 bolívares pero sólo el desayuno. En un último regateo Javier ofreció 10 bolívares (nadie sabía de dónde los iba a sacar in case of ...). La señora finalmente le diría al canario, dirigiéndose a todos, "no joda, pavos, ustedes lo que son es una cuerda de limpios". En el grupo bautizamos aquella fecha como el día en que el canario Javier salvó su virginidad.
Por cierto, en el Edificio donde yo vivía, luego de un tiempo, supimos que en el pent house había un burdel. Ese se llamaba el 8. Quedaba en el 8vo piso y las citas se hacían escogiendo a la elegida de un album de fotos provocadoras que se hacían tomar las chicas... bueno, es lo que contaban los muchachos en edad burdelera.
Se cuenta que un conocido economista y profesor universitario que posteriormente se encumbró hasta la Presidencia del Banco Central de Venezuela, era un asiduo visitante del 8. Una vez coincidimos en el ascensor del edificio y al identificarlo una dama de la familia cometió la indiscreción de darle las buenas noches, profesor . El señor se bajó el sombrero, enterró la cabeza en el piso y desde allá abajo balbuceó un buenas noches totalmente gutural. Luego comentarían las muchachas del edificio, irónicamente, que a este profesor se le justificaba su afición a los burdeles porque era tan feo que de otra manera se le haría muy difícil aparearse.
Quien piense que eso era antes posiblemente no sabe que contemporaneamente existen grandes zonas en las que se toleran legalmente este tipo de prácticas. Es más, tienen patente municipal, pagan derecho de frente, impuestos municipales, seguro social, impuesto sobre la renta, etc como cualquier hijo de vecina con personalidad jurídica.
Lo que todo esto demuestra es que el ejercicio de la prostitución en Venezuela nunca ha sido un misterio; al contrario, es amparada por las instituciones del Estado, quien protege y regula la vida de quienes la ejercen y de los locales en que se practica. De modo que usar este tema como que si fuera el coco a estas alturas del juego, indica el desconocimiento de la historia de la capital, o tal vez el ejercicio de un puritanismo ramplón producto de creencias desfasadas o la intención aviesa de infligir algún daño.
No merece un tema tan vivificante como éste morir en la opacidad de la lúgubre diatriba política.
Por García Márquez, por Héctor Mujica y por Daniel Santos, quienes las honraron en sus obras .... saquen a las putas del debate político!
Concepto, producción y redacción: Héctor Acosta Martínez












